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La muerte de Christopher Lasch en 1994
privó a América de uno de sus mejores críticos, un hombre que en su labor
intelectual siguió el consejo de John Winthrop, “Debemos entretenernos unos a
otros con cariño fraternal. Tenemos que estar dispuestos a dejar a un lado
nuestras superficialidades, para ayudar a otros en sus necesidades”. Imposible
de encasillar políticamente, Lasch parecía capaz de estar a la izquierda y a la
derecha de la mayoría de la gente. Tenía muy buena pluma y una prodigiosa
impaciencia, dejando al descubierto las paparruchas y falsos planteamientos de
los intelectuales, posicionándose contra los límites impuestos al discurso
político contemporáneo. Pero su afán polémico siempre estaba dirigido hacia un
fin: reactivar, en una democracia propensa a depender en el mero optimismo, la
gran virtud cristiana de la esperanza, en sus formas expectante y humilde.
En los dos libros publicados
antes de su muerte, “El verdadero y único cielo” y “La revuelta de las élites y
la traición de la democracia”, Lasch elabora la distinción entre esperanza y
optimismo, para mostrar al público americano que “el partido de la esperanza” no
era, como Emerson había dicho, idéntico al “partido de la innovación” y aliado
en su oposición al “partido del conservadurismo” y su fidelidad a la memoria y
al pasado. A menudo apelando solo implícitamente a la larga tradición teológica
que conecta la esperanza y la humildad, Lasch argumentaba desde posiciones
conservadoras, aunque criticando a la vez las desigualdades, la pérdida de
libertad individual y la inestabilidad a la que da lugar el capitalismo moderno,
y todo esto en nombre de y no a pesar de, su devoción por la democracia.
Lasch cuestionaba el
ampliamente aceptado presupuesto liberal que identifica democracia con progreso,
individualismo y secularismo; escribió de las conexiones y dependencia de la
esperanza con la memoria, la virtud, los límites, la humildad, y, finalmente, de
la fuente de esperanza en la disciplina espiritual de la religión. Buscaba que
devolvieran la esperanza aquellos que la habían sacado de su contexto teológico,
y que por tanto la habían separado de cualquier concepción ligada a los límites
y la humildad. Lasch afirmaba una concepción de la igualdad humana que emanaba
de un común sentimiento de fragilidad humana. Desde su punto de vista, es sobre
este sentimiento compartido, que la democracia existe al fin y al cabo.
Lasch observó que las formas
populistas de democracia igualitaria, promovidas muy fervientemente al final del
siglo XIX, habían derivado durante el siglo XX en un liberalismo que prometía
progreso, meritocracia, cosmopolitismo, cientificismo, cuidados “terapéuticos”,
y secularismo. Superando el sentimiento natural de límites humanos, el
liberalismo había conseguido abrir infinitas posibilidades para el avance y
cultivos personales, pero lo hizo a expensas de las virtudes democráticas que en
su día se habían inculcado en las comunidades locales, esas virtudes de la
“clase media” como la moderación, un sentido de los límites y un reconocimiento
de la inevitabilidad de la tragedia en la vida humana. En nombre del populismo
izquierdista y el igualitarismo, Lasch se encontró codo a codo con críticos
“conservadores” del liberalismo contra la letanía progresista de los liberales
izquierdistas.
Los modernos progresistas
identificaron democracia con individualismo radical por una parte e
interdependencia global por otra. Este simultaneo estrechamiento y casi-infinita
expansión de los horizontes humanos dio como resultado unos individuos modernos
que resisten las posiciones intermedias de ciudadanía, una perspectiva que
insiste en la necesidad de tener responsabilidades comunes y además se resiste a
la disolución de las formas de vida locales en nombre de las oportunidades y el
progreso. Lasch recomendaba el reconocimiento concreto y no abstracto de nuestra
interdependencia, insistiendo en que una interdependencia personalmente buscada
nos llevará más fácilmente hacia las virtudes necesarias para instaurar una
comunidad verdaderamente democrática. En vez de eso, los modernos liberales
justificaron la “secesión de los mejores” en nombre de la libertad individual y
el abandono de los menos afortunados en favor de “formas de vida acotadas” donde
las élites puedan vivir en relativo aislamiento. Incluso el debilitado
sentimiento de “nobleza obliga” entre los últimos aristócratas era preferible al
sentimiento generalizado de auto-complacencia entre los liberales
contemporáneos. Las nociones imperantes de derecho de disfrute individual al
fruto de la labor superior realizada por uno mismo significa que uno no tiene
obligaciones contraídas con aquellos que no lograron triunfar. La igualdad moral
y civil ha sido substituida exitosamente por la “igualdad” de oportunidades, una
forma de igualdad que da lugar a formas radicales de desigualdad material y que
ha dado lugar a una nueva “aristocracia del talento”; curiosamente, esta nueva
aristocracia alega haber surgido como resultado de la mayor perfección de la
democracia, ahora entendida como un liberalismo progresista basado en el libre
mercado.
Para Lasch, esta evolución
significa una traición a la democracia: la ciudadanía ha sido reemplazada por el
individualismo; la virtud ha sido substituida por una ética del éxito material;
la creencia en la igualdad y las obligaciones cívicas han dado paso a proclamas
en favor de la libertad individual y un énfasis en la autonomía. Curiosamente,
mientras que el espíritu de la generosidad aristocrática se ha desvanecido, en
su lugar han aparecido otras formas más desiguales de atención hacia los más
desafortunados, denominada “compasión” y sus consiguientes terapias. La ética de
la auto-realización dio lugar a un amplio sentimiento de que uno era el único
responsable del resultado de sus propias decisiones. El fracaso de los
desclasados se explica ahora como el producto de elecciones equivocadas, y estas
elecciones equivocadas se atribuyen a varias patologías sociales que se pueden
curar por medio de la intervención social. Las élites por su parte pueden
creerse que su envidiable posición ha sido el simple resultado de un esfuerzo
superior, al tiempo que diagnostican los fracasos de los “ciudadanos de segunda”
como causados por circunstancias sociales, psicológicas o físicas fuera de su
alcance.
Esto dio lugar a una curiosa
forma de paternalismo: el recurso a profesionales de la ayuda impersonal como
sustituto del deber de ayuda mutua. El reconocimiento implícito de que todos
compartimos un mismo destino dio lugar a las categorías reduccionistas de salud
y enfermedad. Y lo que es más importante, la democracia dejó de ser entendida
como un sistema de autogobierno basado en la asunción de competencias comunes.
Como ya escribiera Peter Lawler, Lasch creía que “la autoindulgencia compasional
permite a ambas clases alejarse del verdadero compromiso requerido para elevar
la competencia de todo el mundo. La tolerancia basada en la compasión no es más
que una forma de indiferencia apática hacia el alma y carácter de nuestros
conciudadanos.
En su lugar, Lasch
recomienda un populismo con vistas a una “definición moralmente fuerte” de la
excelencia humana. En “The True and Only Heaven”, Lasch elogia repetidamente a
aquellos pensadores de la tradición británica y americana que recomendaban vidas
y economías de independencia y no de interdependencia. La democracia, para Lasch,
no se basa en la habilidad de cada persona para producir sus propios medios de
supervivencia, sino que se basa más bien en las formas benéficas de
independencia física que resulta de la adopción de formas políticas populistas y
economías locales. No puede prosperar en una sociedad de consumidores o en medio
de una mentalidad de dependencia mostrada por los trabajadores asalariados. La
auto-suficiencia económica es parte primordial de la concepción de Lasch de la
democracia igualitaria. Lasch rechazaba el vínculo asumido entre democracia y
las tesis económicas liberales, según la cual un sistema de desarrollo económico
avanzado permite extender la igualdad, entendida como “igualdad de
oportunidades”, gracias a la interdependencia económica. El previsible resultado
de este tipo de orientaciones teóricas ha sido la estratificación económica y
social que divide a los “analistas simbólicos” de la élite de los trabajadores
ordinarios de cuello azul. El liberalismo pretende la liberación, pero solo de
aquellos pocos meritócratas que alcanzan el éxito y que por eso mismo no han
tenido problema en desentenderse de los asuntos comunes propios de la vida de
una sociedad democrática.
Una vigorosa
auto-suficiencia, era para Lasch, la única forma de asegurar el respeto mutuo
entre ciudadanos iguales. Lejos de ver sus vidas separadas o desconectadas entre
sí, los populistas demócratas eran completamente conscientes de los límites
humanos y de la necesidad del autogobierno como tarea común . Las economías
populistas modestas tendían a ser mas locales, y dentro de este contexto cívico
limitado, uno podía realmente percibir los vínculos forjados entre ciudadanos
que era mucho mas independientes que los interdependientes individualistas. En
nombre de la democracia Lasch insistía en la superioridad del intercambio
visible local sobre la interdependencia global abstracta.
Estas formas de vida
localistas daban para mucho más que el mero intercambio económico. Los
denominados por Ray Oldenburg “terceros espacios” entre la esfera privada del
hogar y los espacios públicos de la vida oficial, dichos espacios eran la fuente
de prácticas cívicas vitales. Al ofrecer dignidad e igualdad, dichos espacios
inculcaban el “arte de la conversación”. Lasch siempre expresó su profundo
desacuerdo con los comunitaristas que, en su opinión, asumían que la comunidad
era un espacio de automática unanimidad y confortable conformidad. Lasch alababa
el localismo no porque produjera fácilmente acuerdos, sino porque ofrecía
oportunidades para el acalorado intercambio e incluso el desacuerdo. El arte de
la conversación se había perdido al mismo tiempo que se dejaba espacio abierto a
una vida cada vez mas atomizada en los suburbios, enclaves de vida separados del
resto, y desalmados centros comerciales. A diferencia de los pensadores
liberales que prefieren una democracia en la forma de tomar decisiones, por la
que las élites y expertos deciden las políticas más adecuadas y que están
guiadas solo ligeramente por los sondeos de unos ciudadanos apáticos y
despreocupados de los asuntos públicos, Lasch defendía el diálogo democrático
debido precisamente a su ineficiencia:
Si consideramos la discusión
como la esencia de la educación, entonces tendremos que defender la democracia
no como la más eficiente sino como la forma más educativa de gobierno, la que
extiende el ámbito de discusión lo más ampliamente posible y que por tanto
obliga a todos los ciudadanos a articular sus puntos de vista, poniéndolos en
evidencia, cultivando las virtudes de la elocuencia, claridad de pensamiento y
expresión, así como una solided de fundamentos.
La democracia merece nuestro
apoyo no porque permita la estabilidad gubernamental o la mejor eficacia
productiva en bienes y servicios, sino porque es la forma de gobierno que
fomenta lo mejor del ser humano. Bajo la concepción de Lasch sobre lo que es una
comunidad local, dialógica, igualitaria y democrática de ciudadanos
independientes pero comprometidos, se encuentra la antropología de Aristóteles:
los seres humanos son por naturaleza “animales políticos” que alcanzan todas sus
facultades de juicio y virtudes cívicas por medio de la participación en los
asuntos de gobierno y siendo gobernados de la misma manera.
Al defender esta concepción
de la democracia populista como alternativa a la concepción liberal predominante
(y reivindicando estas ideas en figuras como Jonathan Edwards, Thomas Carlyle,
Orestes Brownson, Abraham Lincoln, Reinhold Niebuhr y Matin Luther King), Lasch
pretendía reintroducir un vínculo entre democracia y límites que se había roto
con la promesa liberal de progreso económico, material e incluso moral cuasi-infinito.
Para Lasch, el intento de suplantar el medio ecológico en el que la vida
democrática se desarrolla pone en peligro por destrucción de las propias
condiciones que hacen la democracia posible. El liberalismo desintegra las
raíces morales sobre las que se asienta la democracia. Aunque hable en nombre de
la igualdad y la libertad, el liberalismo defiende una forma de hacer política (
de expertos ) y una economía ( de meritócratas ) que corroe las virtudes
necesarias para la democracia. Con sus promesas de control de la naturaleza,
liberación del individuo de todas las necesidades y limitaciones, y finalmente
venciendo la alienación humana, el liberalismo es extremadamente peligroso.
Lasch pensaba que estaba basado en una psicología infantilizante.
Lasch temía que la
democracia fuera puesta en peligro por la adhesión del liberalismo a una
concepción voluntarista de las relaciones humanas. Para Lasch, una limitación
innegable de los seres humanos es su existencia intrínseca: uno no puede escapar
de su condición de ser creado. Pretender lo contrario da lugar a un daño
psicológico interno; llegando a poner en peligro la psique de otros seres
humanos que pueden llegar a ser vistos como obstáculos para la realización de la
felicidad individual. Lasch siempre dejó claro en sus frecuentes discusiones
sobre la familia que la democracia está basada más que nada en una actitud de
“aceptación” más que de “transformación”. La relación entre padres e hijos debe
partir del agradecimiento: cada hijo es una sorpresa, un regalo, una aventura
única e impredecible, así como una señal de nuestro deseo de sacrificar nuestros
propios placeres y libertad personal. Para Lasch, la adopción moderna de
políticas favorables al divorcio “express” o el aborto que justifican el
infanticidio representan la evidencia más concreta y terrible del esfuerzo
moderno por someter todos los fenómenos humanos y naturales al control y la
planificación. La legislación moderna pro-abortista es un reflejo de nuestra
incuestionable fe en la capacidad de la inteligencia racional por resolver los
misterios de la existencia humana, hasta el secreto de nuestra propia creación y
el deseo de conseguir la conquista de las necesidades así como la substitución
del trabajo dirigido de la naturaleza por la elección humana.
Para Lasch, el futuro de la
democracia, y quizás el alma misma de la humanidad, se encuentra en un
equilibrio un tanto inestable. Por un lado se alinean las élites modernas que se
proclaman demócratas en nombre de la autonomía personal, la movilidad, la
meritocracia y el cosmopolitismo. Su objetivo es sobrepasar las necesidades y
superar las fatalidades usando el enorme poder controlador de la ciencia y la
tecnología. Por detrás de todo esto está la concepción de que es posible superar
la tragedia, la de las decisiones vitales , y por último escapar a nuestras
limitaciones, incluyendo la propia muerte. Queda muy explícita también su
condena de toda forma de pensamiento “parroquiano”, patriotismo, y otras
lealtades diversas que puedan limitar tu autonomía personal y voluntarismo. Esta
élite amenaza con traicionar la democracia, dejando atrás (bajo el cuidado de
los expertos terapeúticos que los atienden) a los que no alcanzan el standard
educacional y son menos móviles, es decir, los perdedores de la carrera
meritocrática, y también amenaza con abandonar una concepción compartida de lo
que es una universal “aptitud democrática”.
Lo que las élites modernas
entienden por “fe democrática” es su creencia en la habilidad de algunos, sino
todos, de forjarse en el mundo mediante el dominio de la ciencia y la superación
de la alienación humana, pero esto supone en la práctica un desprecio por la
gente ordinaria, es decir, una “traición a la democracia”. Lo que uno encuentra
entre la élite cultural, intelectual y económica, dice Lasch, es un “desprecio
snobbista hacia la gente sin la suficiente educación formal y que trabaja con
sus manos, una confianza infundada en la sabiduría moral de los expertos y
también una prejuicio infundado contra el sentido común de la gente común, un
desprecio por las expresiones sinceras de buena intención, un desprecio por todo
lo que no sea científico, una profunda irreverencia, en fin, una tendencia (como
resultado de esa irreverencia y desconfianza ) a ver el mundo como algo
existente solo para gratificar los deseos humanos”.
Al otro lado se encuentran
los ciudadanos corrientes de la tradición populista, que desconfían del progreso
en sus diversas facetas, que están dispuestos a asumir obligaciones que surgen a
nivel familiar, comunitario y nacional (por tanto más dispuestos a alistarse a
las fuerzas armadas), menos propensos a sentir anhelos cosmopolitas y la
atracción por la movilidad. Estos sectores populistas tienen más posibilidades
de aceptar, e incluso abrazar activamente, las limitaciones humanas. Ocupados en
sus tareas diarias, están dispuestos a privarse de los placeres más inmediatos y
conveniencia personal por el bien de otros, y el cultivo de una “aptitud
democrática” común en vez de un conocimiento excluyente están mas capacitados
para aceptar un “realismo democrático”, aunque dichas élites culturales puedan
ver ese “realismo” (nacido de las limitaciones y de las imperfecciones) como
fundamentalmente antidemocrático. Aquellos que están dispuestos a reconoer las
limitaciones humanas, los límites del progreso, y los difíciles misterios de la
existencia son los más capacitados para reconocer que la “alienación es la
condición normal de la existencia humana”.
Contribuyendo quizás mas
profundamente al reconocimiento de la inescapabilidad de la alienación y por
tanto a la necesidad de lealtad y límites más que filosofías de “escape” y
“progreso”, se encuentra la persistencia de arraigadas creencias religiosas
entre ciudadanos comunes. Esta permanencia ofende a la élite cultural,
intelectual y económica, llegándoles a producir ansiedad, ya que supone una
bofetada a la creencia ilustrada según la cual la fe religiosa sería superada
con el advenimiento del progreso científico, el desarrollo económico y la
liberalización política. Visto por las élites como supersticioso e inexplicable,
la creencia religiosa es ridiculizada como pacotilla intelectual y como falso
refugio emocional, mientras que las políticas públicas propuestas desde el
tradicionalismo religioso (incluyendo límites sobre el divorcio, aborto, y los
esfuerzos por proteger la cohesión social de las comunidades locales) son vistas
como irracionales, inigualitarias, antiliberales, arbitrarias y opresivas.
Lasch escribió con
particular vehemencia contra este retrato de la creencia religiosa, sosteniendo
que la religión es ampliamente incomprendida por sus oponentes liberales, así
como por algunos de sus propios seguidores religiosos. La creencia religiosa no
se debe entender como una fuente de complaciente superioridad moral o un fácil
confort y seguridad intelectual, sino como una fuente de profundo cambio. Lash
escribió que la caricatura de religión de los liberales al uso ignora el desafío religioso
hacia la complacencia, el corazón y el alma de la fe. En vez de desanimar en las
cuestiones morales, la religión puede estimular llamando la atención en la
diferencia entre la predicación verbal y la práctica, insistiendo en que la mera
observancia de rituales preestablecidos no es suficiente para asegurar la
salvación, y animando a los creyentes en cada paso a cuestionar sus propias
motivaciones. Lejos de solventar las dudas, la religión debe tener el efecto de
intensificarlas. Juzga a los que profesan la fe más duramente que como juzga a
los increyentes. Los lleva a unos niveles de conducta tan exigentes que muchos
de ellos inevitablemente no alcanzan...Para aquellos que se toman la religión
seriamente, creer es una carga, no una forma de alcanzar un status moral
superior a través de la pretendida superioridad de conciencia. La santurroneria,
de hecho, puede llegar a ser más prevaleciente entre escépticos que entre
creyentes. La disciplina espiritual contra la pretensión de superioridad moral
es la propia esencia de la religión.
La comprensión teológica de
Lasch, parte de una variedad de fuentes, pero principalmente bebe de la
tradición de Calvinismo Agustiniano que encontró en la nueva américa la voz de
Jonathan Edwards, avanzando una compleja interacción de creencia y duda, fe y
ansiedad, afirmación y renuncia. La creencia en una divinidad benefactora no
significa llegar a la conclusión fácil de que la creación divina está alineada
en favor de la humanidad o que su suprema voluntad existe en perfecta armonía
con los deseos humanos. La inmediata y escarmentadora consecuencia de esta
creencia es el insuperable reconocimiento, en palabras de Leszek Kolakowski, de
que “Dios no nos debe nada”. En vez de sugerir la centralidad humana en la
creación divina (humanismo) o dar pábulo a una visión de la humanidad que
reconoce los esfuerzos para conquistar la naturaleza y dar resultados de fortuna
o tragedia, todo ello moldeable a voluntad, la verdadera creencia religiosa
fuerza al penitente religioso a reconocer la dependencia humana y su debilidad,
viendo las tentaciones hacia la dominacióon como formas pecaminosas y de
arrogante orgullo.
Lasch se alinea con la
visión de Jonathan Edwards de que la mayor parte de las formas de creencia en el
ser humano como agente autosuficiente nacen fundamentalmente de una rebelión
contra la creación humana y su dependencia: “la rebelión contra Dios, de acuerdo
a Edwards, es la condición humana normal de existencia. Los hombres encuentran
mortificante ser recordados de su dependencia de un ser superior.”. La creencia
religiosa combina un reconocimiento de la inescapabilidad del pecado, el orgullo
y otros males al acecho en este mundo con una confianza en que el universo es
esencialmente bueno, ya que ha sido creado por un Dios bondadoso: “la fe
religiosa afirma la bondad de estar delante de que sufre y del malvado”. Con la
renuncia de la idea de que la humanidad tiene “derecho” o reclamación a la
felicidad, surge entonces la posibilidad de una forma más veraz de felicidad; es
la felicidad que surge de un sentimiento superior de dependencia humana y
contingencia: “el secreto de la felicidad reside en la renuncia a ser feliz”. La
aceptación de esta trágica combinación junto con la búsqueda de la introspección
y un agudo sentido de la dependencia humana, esto da lugar a las virtudes
teológicas de la esperanza y la caridad. Lasch creía que esas eran también
virtudes profundamente democráticas.
Esperanza es esa “mediocre”
forma de creencia en la posibilidad de mejora, pero evita caer en la optimista
suposición de que nuestros esfuerzos siempre llevarán a un éxito claro e
inmediato. Al mismo tiempo, la esperanza mantiene a raya la desesperación que
los esfuerzos aparentemente inútiles puedan provocar. La esperanza frena nuestra
impaciencia y frustración, disminuyendo nuestra sensación de superioridad moral,
moderando nuestra insistencia en que todas las injusticias se resolverán
inmediatamente “aunque perezca el mundo”, mientras mantenemos nuestra creencia
en que la justicia es una misión cívica que realmente vale la pena. La esperanza
nos permite creer que al final la bondad de la creación, y del creador,
resolverá los problemas que nosotros no podemos resolver. Para Lasch, “esperanza
sin optimismo” es la disposición necesaria para alcanzar la “disciplina
intelectual contra el resentimiento”.
Esperanza es el rechazo de
la envidia y el resentimiento y todo aquello que invita a ello. No es difícil
ver por qué esas siempre parecen ser posturas morales convincentes, y es debido
a que vivimos en un mundo que no parece el adecuado. Es un mundo en que la
felicidad humana no es el objetivo primordial, y nuestros planes no siempre
salen bien, y existen enormes limitaciones sobre lo que podemos conocer,
comprender y controlar. Y en todo caso nuestras vidas son muy cortas. El hecho
de la muerte siempre está ahí, revolviendo nuestra imaginación. Todo lo cual
parece justificar una renuncia de cualquier creencia en la posibilidad de un
mundo que, a pesar de los hechos, pueda ser bueno, justo y bello. Nada de esto,
sin embargo, implica que este sea el mejor de los mundos o que la batalla contra
la injusticia deba darse por suspendida, en base a que pase lo que pase, está
bien.
Esperanza es la disposición
primaria del “demócrata realista”: compartimos innumerables miserias juntos en
cada generación, con pocas esperanzas de que podamos tomar control de nuestra
existencia de pena y sufrimiento, y sin embargo esperamos, a la luz divina, para
el alivio y gozo final. Porque de nuestra común condición de sufrimiento,
dependencia y debilidad, la democracia es la forma de gobierno más de acuerdo
con nuestra condición. La democracia entendida de esta manera, aparece como una
necesidad común, y finalmente alcanza a la necesidad de un sentimiento común de
cartas, o caridad.
Los argumentos de Lasch no
son de sentido común según el discurso político contemporáneo, en el que los
“liberales” se interesan más por el sufrimiento de los débiles, mientras que los
“conservadores” tienden a centrarse en la confianza en uno mismo cuando no en el
individualismo puro y duro. Lasch se acerca a los argumentos “conservadores”,
con su importancia de las limitaciones humanas y su profunda desconfianza en la
creencia optimista en el progreso, pero o hacía para sentar las bases de una
simpatía “liberal” hacia aquellos con más posibilidades de ser abandonados o
excluidos. “Límites y esperanza”, esta combinación de conceptos nos enseña
nuestra condición frágil e imperfecta, y por tanto nos exhorta a estar siempre
dispuestos a ayudar al que sufre y sobre la alienación a la que todos nos
enfrentamos. Esta conciencia nos obliga a realizar actos de generosidad y
caridad. Esta “disciplina intelectual contra el resentimiento” escarmienta
nuestra impaciencia con la injusticia precisamente enfatizando la necesidad del
amor. Este énfasis en la misericordia es, según Lasch, quizás la virtud humana
más difícil de conseguir en términos generales, y especialmente para el hombre
moderno. Y sin embargo, nos indica, se trata de un mensaje que es necesario
repetir y renovar, aun ante el más que probable fracaso. La esperanza no
necesita más.
Para Lasch, la historia no
justifica el optimismo; mas bien, nos recuerda que la misericordia es a la vez
un desafio y una necesidad: “En la historia de la civilización...los dioses
vengativos han ido dando paso a dioses que además muestran misericordia y
mantienen la convención moral de amar al enemigo. Esta moralidad nunca ha sido
comúnmente aceptada, pero está ahí, incluso en nuestra época ilustrada, como un
recordatorio de nuestra débil situación y de nuestra increíble capacidad de
gratitud, remordimiento, y perdón, por medio de los cuales podemos trascenderlos
hoy y siempre”. |