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La muerte de
Christopher Lasch en 1994 privó a América a uno
de sus mejores críticos, un hombre que en su labor
intelectual siguió el consejo de John Winthrop,
“Debemos entretenernos unos a otros con cariño
fraternal. Tenemos que estar dispuestos a dejar a un lado
nuestras superficialidades, para ayudar a otros en sus
necesidades”. Imposible de encasillar políticamente,
Lasch parecía capaz de estar a la izquierda y a la
derecha de la mayoría de la gente. Tenía muy
buena pluma y una prodigiosa impaciencia, dejando al
descubierto las paparruchas y falsos planteamientos de los
intelectuales, posicionándose contra los límites
impuestos al discurso político contemporáneo.
Pero su afán polémico siempre estaba dirigido
hacia un fin: reactivar, en una democracia propensa a depender
en el mero optimismo, la gran virtud cristiana de la
esperanza, en sus formas expectante y humilde.
En
los dos libros publicados antes de su muerte, “El
verdadero y único cielo” y “La revuelta de
las élites y la traición de la democracia”,
Lasch elabora la distinción entre esperanza y
optimismo, para mostrar al público americano que “el
partido de la esperanza” no era, como Emerson había
dicho, idéntico al “partido de la innovación”
y aliado en su oposición al “partido del
conservadurismo” y su fidelidad a la memoria y al
pasado. A menudo apelando solo implícitamente a la
larga tradición teológica que conecta la
esperanza y la humildad, Lasch argumentaba desde posiciones
conservadoras, aunque criticando a la vez las desigualdades,
la pérdida de libertad individual y la inestabilidad a
la que da lugar el capitalismo moderno, y todo esto en nombre
de y no a pesar de, su devoción por la democracia.
Lasch
cuestionaba el ampliamente aceptado presupuesto liberal que
identifica democracia con progreso, individualismo y
secularismo; escribió de las conexiones y dependencia
de la esperanza con la memoria, la virtud, los límites,
la humildad, y, finalmente, de la fuente de esperanza en la
disciplina espiritual de la religión. Buscaba que
devolvieran la esperanza aquellos que la habían sacado
de su contexto teológico, y que por tanto la habían
separado de cualquier concepción ligada a los límites
y la humildad. Lasch afirmaba una concepción de la
igualdad humana que emanaba de un común sentimiento de
fragilidad humana. Desde su punto de vista, es sobre este
sentimiento compartido, que la democracia existe al fin y al
cabo.
Lasch
observó que las formas populistas de democracia
igualitaria, promovidas muy fervientemente al final del siglo
XIX, habían derivado durante el siglo XX en un
liberalismo que prometía progreso, meritocracia,
cosmopolitismo, cientificismo, cuidados “terapéuticos”,
y secularismo. Superando el sentimiento natural de límites
humanos, el liberalismo había conseguido abrir
infinitas posibilidades para el avance y cultivos personales,
pero lo hizo a expensas de las virtudes democráticas
que en su día se habían inculcado en las
comunidades locales, esas virtudes de la “clase media”
como la moderación, un sentido de los límites y
un reconocimiento de la inevitabilidad de la tragedia en la
vida humana. En nombre del populismo izquierdista y el
igualitarismo, Lasch se encontró codo a codo con
críticos “conservadores” del liberalismo
contra la letanía progresista de los liberales
izquierdistas.
Los
modernos progresistas identificaron democracia con
individualismo radical por una parte e interdependencia global
por otra. Este simultaneo estrechamiento y casi-infinita
expansión de los horizontes humanos dio como resultado
unos individuos modernos que resisten las posiciones
intermedias de ciudadanía, una perspectiva que insiste
en la necesidad de tener responsabilidades comunes y además
se resiste a la disolución de las formas de vida
locales en nombre de las oportunidades y el progreso. Lasch
recomendaba el reconocimiento concreto y no abstracto de
nuestra interdependencia, insistiendo en que una
interdependencia personalmente buscada nos llevará más
fácilmente hacia las virtudes necesarias para instaurar
una comunidad verdaderamente democrática. En vez de
eso, los modernos liberales justificaron la “secesión
de los mejores” en nombre de la libertad individual y el
abandono de los menos afortunados en favor de “formas de
vida acotadas” donde las élites puedan vivir en
relativo aislamiento. Incluso el debilitado sentimiento de
“nobleza obliga” entre los últimos
aristócratas era preferible al sentimiento generalizado
de auto-complacencia entre los liberales contemporáneos.
Las nociones imperantes de derecho de disfrute individual al
fruto de la labor superior realizada por uno mismo significa
que uno no tiene obligaciones contraídas con aquellos
que no lograron triunfar. La igualdad moral y civil ha sido
substituida exitosamente por la “igualdad” de
oportunidades, una forma de igualdad que da lugar a formas
radicales de desigualdad material y que ha dado lugar a una
nueva “aristocracia del talento”; curiosamente,
esta nueva aristocracia alega haber surgido como resultado de
la mayor perfección de la democracia, ahora entendida
como un liberalismo progresista basado en el libre mercado.
Para
Lasch, esta evolución significa una traición a
la democracia: la ciudadanía ha sido reemplazada por el
individualismo; la virtud ha sido substituida por una ética
del éxito material; la creencia en la igualdad y las
obligaciones cívicas han dado paso a proclamas en favor
de la libertad individual y un énfasis en la autonomía.
Curiosamente, mientras que el espíritu de la
generosidad aristocrática se ha desvanecido, en su
lugar han aparecido otras formas más desiguales de
atención hacia los más desafortunados,
denominada “compasión” y sus consiguientes
terapias. La ética de la auto-realización dio
lugar a un amplio sentimiento de que uno era el único
responsable del resultado de sus propias decisiones. El
fracaso de los desclasados se explica ahora como el producto
de elecciones equivocadas, y estas elecciones equivocadas se
atribuyen a varias patologías sociales que se pueden
curar por medio de la intervención social. Las élites
por su parte pueden creerse que su envidiable posición
ha sido el simple resultado de un esfuerzo superior, al tiempo
que diagnostican los fracasos de los “ciudadanos de
segunda” como causados por circunstancias sociales,
psicológicas o físicas fuera de su alcance.
Esto
dio lugar a una curiosa forma de paternalismo: el recurso a
profesionales de la ayuda impersonal como sustituto del deber
de ayuda mutua. El reconocimiento implícito de que
todos compartimos un mismo destino dio lugar a las categorías
reduccionistas de salud y enfermedad. Y lo que es más
importante, la democracia dejó de ser entendida como un
sistema de autogobierno basado en la asunción de
competencias comunes. Como ya escribiera Peter Lawler, Lasch
creía que “la autoindulgencia compasional permite
a ambas clases alejarse del verdadero compromiso requerido
para elevar la competencia de todo el mundo. La tolerancia
basada en la compasión no es más que una forma
de indiferencia apática hacia el alma y carácter
de nuestros conciudadanos.
En
su lugar, Lasch recomienda un populismo con vistas a una
“definición moralmente fuerte” de la
excelencia humana. En “The True and Only Heaven”,
Lasch elogia repetidamente a aquellos pensadores de la
tradición británica y americana que recomendaban
vidas y economías de independencia y no de
interdependencia. La democracia, para Lasch, no se basa en la
habilidad de cada persona para producir sus propios medios de
supervivencia, sino que se basa más bien en las formas
benéficas de independencia física que resulta de
la adopción de formas políticas populistas y
economías locales. No puede prosperar en una sociedad
de consumidores o en medio de una mentalidad de dependencia
mostrada por los trabajadores asalariados. La auto-suficiencia
económica es parte primordial de la concepción
de Lasch de la democracia igualitaria. Lasch rechazaba el
vínculo asumido entre democracia y las tesis económicas
liberales, según la cual un sistema de desarrollo
económico avanzado permite extender la igualdad,
entendida como “igualdad de oportunidades”,
gracias a la interdependencia económica. El previsible
resultado de este tipo de orientaciones teóricas ha
sido la estratificación económica y social que
divide a los “analistas simbólicos” de la
élite de los trabajadores ordinarios de cuello azul. El
liberalismo pretende la liberación, pero solo de
aquellos pocos meritócratas que alcanzan el éxito
y que por eso mismo no han tenido problema en desentenderse de
los asuntos comunes propios de la vida de una sociedad
democrática.
Una
vigorosa auto-suficiencia, era para Lasch, la única
forma de asegurar el respeto mutuo entre ciudadanos iguales.
Lejos de ver sus vidas separadas o desconectadas entre sí,
los populistas demócratas eran completamente
conscientes de los límites humanos y de la necesidad
del autogobierno como tarea común . Las economías
populistas modestas tendían a ser mas locales, y dentro
de este contexto cívico limitado, uno podía
realmente percibir los vínculos forjados entre
ciudadanos que era mucho mas independientes que los
interdependientes individualistas. En nombre de la democracia
Lasch insistía en la superioridad del intercambio
visible local sobre la interdependencia global abstracta.
Estas
formas de vida localistas daban para mucho más que el
mero intercambio económico. Los denominados por Ray
Oldenburg “terceros espacios” entre la esfera
privada del hogar y los espacios públicos de la vida
oficial, dichos espacios eran la fuente de prácticas
cívicas vitales. Al ofrecer dignidad e igualdad, dichos
espacios inculcaban el “arte de la conversación”.
Lasch siempre expresó su profundo desacuerdo con los
comunitaristas que, en su opinión, asumían que
la comunidad era un espacio de automática unanimidad y
confortable conformidad. Lasch alababa el localismo no porque
produjera fácilmente acuerdos, sino porque ofrecía
oportunidades para el acalorado intercambio e incluso el
desacuerdo. El arte de la conversación se había
perdido al mismo tiempo que se dejaba espacio abierto a una
vida cada vez mas atomizada en los suburbios, enclaves de vida
separados del resto, y desalmados centros comerciales. A
diferencia de los pensadores liberales que prefieren una
democracia en la forma de tomar decisiones, por la que las
élites y expertos deciden las políticas más
adecuadas y que están guiadas solo ligeramente por los
sondeos de unos ciudadanos apáticos y despreocupados de
los asuntos públicos, Lasch defendía el diálogo
democrático debido precisamente a su ineficiencia:
Si
consideramos la discusión como la esencia de la
educación, entonces tendremos que defender la
democracia no como la más eficiente sino como la forma
más educativa de gobierno, la que extiende el ámbito
de discusión lo más ampliamente posible y que
por tanto obliga a todos los ciudadanos a articular sus puntos
de vista, poniéndolos en evidencia, cultivando las
virtudes de la elocuencia, claridad de pensamiento y
expresión, así como una solided de fundamentos.
La
democracia merece nuestro apoyo no porque permita la
estabilidad gubernamental o la mejor eficacia productiva en
bienes y servicios, sino porque es la forma de gobierno que
fomenta lo mejor del ser humano. Bajo la concepción de
Lasch sobre lo que es una comunidad local, dialógica,
igualitaria y democrática de ciudadanos independientes
pero comprometidos, se encuentra la antropología de
Aristóteles: los seres humanos son por naturaleza
“animales políticos” que alcanzan todas sus
facultades de juicio y virtudes cívicas por medio de la
participación en los asuntos de gobierno y siendo
gobernados de la misma manera.
Al
defender esta concepción de la democracia populista
como alternativa a la concepción liberal predominante
(y reivindicando estas ideas en figuras como Jonathan Edwards,
Thomas Carlyle, Orestes Brownson, Abraham Lincoln, Reinhold
Niebuhr y Matin Luther King), Lasch pretendía
reintroducir un vínculo entre democracia y límites
que se había roto con la promesa liberal de progreso
económico, material e incluso moral cuasi-infinito.
Para Lasch, el intento de suplantar el medio ecológico
en el que la vida democrática se desarrolla pone en
peligro por destrucción de las propias condiciones que
hacen la democracia posible. El liberalismo desintegra las
raíces morales sobre las que se asienta la democracia.
Aunque hable en nombre de la igualdad y la libertad, el
liberalismo defiende una forma de hacer política ( de
expertos ) y una economía ( de meritócratas )
que corroe las virtudes necesarias para la democracia. Con sus
promesas de control de la naturaleza, liberación del
individuo de todas las necesidades y limitaciones, y
finalmente venciendo la alienación humana, el
liberalismo es extremadamente peligroso. Lasch pensaba que
estaba basado en una psicología infantilizante.
Lasch
temía que la democracia fuera puesta en peligro por la
adhesión del liberalismo a una concepción
voluntarista de las relaciones humanas. Para Lasch, una
limitación innegable de los seres humanos es su
existencia intrínseca: uno no puede escapar de su
condición de ser creado. Pretender lo contrario da
lugar a un daño psicológico interno; llegando a
poner en peligro la psique de otros seres humanos que pueden
llegar a ser vistos como obstáculos para la realización
de la felicidad individual. Lasch siempre dejó claro en
sus frecuentes discusiones sobre la familia que la democracia
está basada más que nada en una actitud de
“aceptación” más que de
“transformación”. La relación entre
padres e hijos debe partir del agradecimiento: cada hijo es
una sorpresa, un regalo, una aventura única e
impredecible, así como una señal de nuestro
deseo de sacrificar nuestros propios placeres y libertad
personal. Para Lasch, la adopción moderna de políticas
favorables al divorcio “express” o el aborto que
justifican el infanticidio representan la evidencia más
concreta y terrible del esfuerzo moderno por someter todos los
fenómenos humanos y naturales al control y la
planificación. La legislación moderna
pro-abortista es un reflejo de nuestra incuestionable fe en la
capacidad de la inteligencia racional por resolver los
misterios de la existencia humana, hasta el secreto de nuestra
propia creación y el deseo de conseguir la conquista de
las necesidades así como la substitución del
trabajo dirigido de la naturaleza por la elección
humana.
Para
Lasch, el futuro de la democracia, y quizás el alma
misma de la humanidad, se encuentra en un equilibrio un tanto
inestable. Por un lado se alinean las élites modernas
que se proclaman demócratas en nombre de la autonomía
personal, la movilidad, la meritocracia y el cosmopolitismo.
Su objetivo es sobrepasar las necesidades y superar las
fatalidades usando el enorme poder controlador de la ciencia y
la tecnología. Por detrás de todo esto está
la concepción de que es posible superar la tragedia, la
de las decisiones vitales , y por último escapar a
nuestras limitaciones, incluyendo la propia muerte. Queda muy
explícita también su condena de toda forma de
pensamiento “parroquiano”, patriotismo, y otras
lealtades diversas que puedan limitar tu autonomía
personal y voluntarismo. Esta élite amenaza con
traicionar la democracia, dejando atrás (bajo el
cuidado de los expertos terapeúticos que los atienden)
a los que no alcanzan el standard educacional y son menos
móviles, es decir, los perdedores de la carrera
meritocrática, y también amenaza con abandonar
una concepción compartida de lo que es una universal
“aptitud democrática”.
Lo
que las élites modernas entienden por “fe
democrática” es su creencia en la habilidad de
algunos, sino todos, de forjarse en el mundo mediante el
dominio de la ciencia y la superación de la alienación
humana, pero esto supone en la práctica un desprecio
por la gente ordinaria, es decir, una “traición a
la democracia”. Lo que uno encuentra entre la élite
cultural, intelectual y económica, dice Lasch, es un
“desprecio snobbista hacia la gente sin la suficiente
educación formal y que trabaja con sus manos, una
confianza infundada en la sabiduría moral de los
expertos y también una prejuicio infundado contra el
sentido común de la gente común, un desprecio
por las expresiones sinceras de buena intención, un
desprecio por todo lo que no sea científico, una
profunda irreverencia, en fin, una tendencia (como resultado
de esa irreverencia y desconfianza ) a ver el mundo como algo
existente solo para gratificar los deseos humanos”.
Al
otro lado se encuentran los ciudadanos corrientes de la
tradición populista, que desconfían del progreso
en sus diversas facetas, que están dispuestos a asumir
obligaciones que surgen a nivel familiar, comunitario y
nacional (por tanto más dispuestos a alistarse a las
fuerzas armadas), menos propensos a sentir anhelos
cosmopolitas y la atracción por la movilidad. Estos
sectores populistas tienen más posibilidades de
aceptar, e incluso abrazar activamente, las limitaciones
humanas. Ocupados en sus tareas diarias, están
dispuestos a privarse de los placeres más inmediatos y
conveniencia personal por el bien de otros, y el cultivo de
una “aptitud democrática” común en
vez de un conocimiento excluyente están mas capacitados
para aceptar un “realismo democrático”,
aunque dichas élites culturales puedan ver ese
“realismo” (nacido de las limitaciones y de las
imperfecciones) como fundamentalmente antidemocrático.
Aquellos que están dispuestos a reconoer las
limitaciones humanas, los límites del progreso, y los
difíciles misterios de la existencia son los más
capacitados para reconocer que la “alienación es
la condición normal de la existencia humana”.
Contribuyendo
quizás mas profundamente al reconocimiento de la
inescapabilidad de la alienación y por tanto a la
necesidad de lealtad y límites más que
filosofías de “escape” y “progreso”,
se encuentra la persistencia de arraigadas creencias
religiosas entre ciudadanos comunes. Esta permanencia ofende a
la élite cultural, intelectual y económica,
llegándoles a producir ansiedad, ya que supone una
bofetada a la creencia ilustrada según la cual la fe
religiosa sería superada con el advenimiento del
progreso científico, el desarrollo económico y
la liberalización política. Visto por las élites
como supersticioso e inexplicable, la creencia religiosa es
ridiculizada como pacotilla intelectual y como falso refugio
emocional, mientras que las políticas públicas
propuestas desde el tradicionalismo religioso (incluyendo
límites sobre el divorcio, aborto, y los esfuerzos por
proteger la cohesión social de las comunidades locales)
son vistas como irracionales, inigualitarias, antiliberales,
arbitrarias y opresivas.
Lasch
escribió con particular vehemencia contra este retrato
de la creencia religiosa, sosteniendo que la religión
es ampliamente incomprendida por sus oponentes liberales, así
como por algunos de sus propios seguidores religiosos. La
creencia religiosa no se debe entender como una fuente de
complaciente superioridad moral o un fácil confort y
seguridad intelectual, sino como una fuente de profundo
cambio. Lash escribió que la caricatura de religión
de los liberales al uso
ignora
el desafío religioso hacia la complacencia, el corazón
y el alma de la fe. En vez de desanimar en las cuestiones
morales, la religión puede estimular llamando la
atención en la diferencia entre la predicación
verbal y la práctica, insistiendo en que la mera
observancia de rituales preestablecidos no es suficiente para
asegurar la salvación, y animando a los creyentes en
cada paso a cuestionar sus propias motivaciones. Lejos de
solventar las dudas, la religión debe tener el efecto
de intensificarlas. Juzga a los que profesan la fe más
duramente que como juzga a los increyentes. Los lleva a unos
niveles de conducta tan exigentes que muchos de ellos
inevitablemente no alcanzan...Para aquellos que se toman la
religión seriamente, creer es una carga, no una forma
de alcanzar un status moral superior a través de la
pretendida superioridad de conciencia. La santurroneria, de
hecho, puede llegar a ser más prevaleciente entre
escépticos que entre creyentes. La disciplina
espiritual contra la pretensión de superioridad moral
es la propia esencia de la religión.
La
comprensión teológica de Lasch, parte de una
variedad de fuentes, pero principalmente bebe de la tradición
de Calvinismo Agustiniano que encontró en la nueva
américa la voz de Jonathan Edwards, avanzando una
compleja interacción de creencia y duda, fe y ansiedad,
afirmación y renuncia. La creencia en una divinidad
benefactora no significa llegar a la conclusión fácil
de que la creación divina está alineada en favor
de la humanidad o que su suprema voluntad existe en perfecta
armonía con los deseos humanos. La inmediata y
escarmentadora consecuencia de esta creencia es el insuperable
reconocimiento, en palabras de Leszek Kolakowski, de que “Dios
no nos debe nada”. En vez de sugerir la centralidad
humana en la creación divina (humanismo) o dar pábulo
a una visión de la humanidad que reconoce los esfuerzos
para conquistar la naturaleza y dar resultados de fortuna o
tragedia, todo ello moldeable a voluntad, la verdadera
creencia religiosa fuerza al penitente religioso a reconocer
la dependencia humana y su debilidad, viendo las tentaciones
hacia la dominacióon como formas pecaminosas y de
arrogante orgullo.
Lasch
se alinea con la visión de Jonathan Edwards de que la
mayor parte de las formas de creencia en el ser humano como
agente autosuficiente nacen fundamentalmente de una rebelión
contra la creación humana y su dependencia: “la
rebelión contra Dios, de acuerdo a Edwards, es la
condición humana normal de existencia. Los hombres
encuentran mortificante ser recordados de su dependencia de un
ser superior.”. La creencia religiosa combina un
reconocimiento de la inescapabilidad del pecado, el orgullo y
otros males al acecho en este mundo con una confianza en que
el universo es esencialmente bueno, ya que ha sido creado por
un Dios bondadoso: “la fe religiosa afirma la bondad de
estar delante de que sufre y del malvado”. Con la
renuncia de la idea de que la humanidad tiene “derecho”
o reclamación a la felicidad, surge entonces la
posibilidad de una forma más veraz de felicidad; es la
felicidad que surge de un sentimiento superior de dependencia
humana y contingencia: “el secreto de la felicidad
reside en la renuncia a ser feliz”. La aceptación
de esta trágica combinación junto con la
búsqueda de la introspección y un agudo sentido
de la dependencia humana, esto da lugar a las virtudes
teológicas de la esperanza y la caridad. Lasch creía
que esas eran también virtudes profundamente
democráticas.
Esperanza
es esa “mediocre” forma de creencia en la
posibilidad de mejora, pero evita caer en la optimista
suposición de que nuestros esfuerzos siempre llevarán
a un éxito claro e inmediato. Al mismo tiempo, la
esperanza mantiene a raya la desesperación que los
esfuerzos aparentemente inútiles puedan provocar. La
esperanza frena nuestra impaciencia y frustración,
disminuyendo nuestra sensación de superioridad moral,
moderando nuestra insistencia en que todas las injusticias se
resolverán inmediatamente “aunque perezca el
mundo”, mientras mantenemos nuestra creencia en que la
justicia es una misión cívica que realmente vale
la pena. La esperanza nos permite creer que al final la bondad
de la creación, y del creador, resolverá los
problemas que nosotros no podemos resolver. Para Lasch,
“esperanza sin optimismo” es la disposición
necesaria para alcanzar la “disciplina intelectual
contra el resentimiento”.
Esperanza
es el rechazo de la envidia y el resentimiento y todo aquello
que invita a ello. No es difícil ver por qué
esas siempre parecen ser posturas morales convincentes, y es
debido a que vivimos en un mundo que no parece el adecuado. Es
un mundo en que la felicidad humana no es el objetivo
primordial, y nuestros planes no siempre salen bien, y existen
enormes limitaciones sobre lo que podemos conocer, comprender
y controlar. Y en todo caso nuestras vidas son muy cortas. El
hecho de la muerte siempre está ahí, revolviendo
nuestra imaginación. Todo lo cual parece justificar una
renuncia de cualquier creencia en la posibilidad de un mundo
que, a pesar de los hechos, pueda ser bueno, justo y bello.
Nada de esto, sin embargo, implica que este sea el mejor de
los mundos o que la batalla contra la injusticia deba darse
por suspendida, en base a que pase lo que pase, está
bien.
Esperanza
es la disposición primaria del “demócrata
realista”: compartimos innumerables miserias juntos en
cada generación, con pocas esperanzas de que podamos
tomar control de nuestra existencia de pena y sufrimiento, y
sin embargo esperamos, a la luz divina, para el alivio y gozo
final. Porque de nuestra común condición de
sufrimiento, dependencia y debilidad, la democracia es la
forma de gobierno más de acuerdo con nuestra condición.
La democracia entendida de esta manera, aparece como una
necesidad común, y finalmente alcanza a la necesidad de
un sentimiento común de cartas, o
caridad.
Los
argumentos de Lasch no son de sentido común según
el discurso político contemporáneo, en el que
los “liberales” se interesan más por el
sufrimiento de los débiles, mientras que los
“conservadores” tienden a centrarse en la
confianza en uno mismo cuando no en el individualismo puro y
duro. Lasch se acerca a los argumentos “conservadores”,
con su importancia de las limitaciones humanas y su profunda
desconfianza en la creencia optimista en el progreso, pero o
hacía para sentar las bases de una simpatía
“liberal” hacia aquellos con más
posibilidades de ser abandonados o excluidos. “Límites
y esperanza”, esta combinación de conceptos nos
enseña nuestra condición frágil e
imperfecta, y por tanto nos exhorta a estar siempre dispuestos
a ayudar al que sufre y sobre la alienación a la que
todos nos enfrentamos. Esta conciencia nos obliga a realizar
actos de generosidad y caridad. Esta “disciplina
intelectual contra el resentimiento” escarmienta nuestra
impaciencia con la injusticia precisamente enfatizando la
necesidad del amor. Este énfasis en la misericordia es,
según Lasch, quizás la virtud humana más
difícil de conseguir en términos generales, y
especialmente para el hombre moderno. Y sin embargo, nos
indica, se trata de un mensaje que es necesario repetir y
renovar, aun ante el más que probable fracaso. La
esperanza no necesita más.
Para
Lasch, la historia no justifica el optimismo; mas bien, nos
recuerda que la misericordia es a la vez un desafio y una
necesidad: “En la historia de la civilización...los
dioses vengativos han ido dando paso a dioses que además
muestran misericordia y mantienen la convención moral
de amar al enemigo. Esta moralidad nunca ha sido comúnmente
aceptada, pero está ahí, incluso en nuestra
época ilustrada, como un recordatorio de nuestra débil
situación y de nuestra increíble capacidad de
gratitud, remordimiento, y perdón, por medio de los
cuales podemos trascenderlos hoy y siempre”.
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