1.-
La cocina es un bien cultural patrimonio de la humanidad. La alimentación
y la relación del hombre con la naturaleza forman parte de un contexto de
permanente intercambio histórico y social, que varía sustancialmente de una
cultura a otra. La evidencia de esta diversidad cultural es un valor que hay
que proteger y respetar.
2.- Una alimentación adecuada y racional depende
del conocimiento y la conciencia de una cocina propia y esencial. Mediante la
palabra se transmite el conocimiento y sólo a través de la educación, y
de modo primordial de la familia y la escuela, la sociedad podrá transmitir y
mantener el valor y la consideración de la cocina como una herencia cultural.
3.- La propia evolución y transformación
económica, tecnológica y social y el proceso de industrialización han
ejercido una influencia directa en los cambios que se han dado en el
comportamiento alimentario de la sociedad. La industria y la tecnología
alimentarias han contribuido a una progresiva homogenización de nuestra
comida. Las instituciones públicas han de asegurar y difundir hábitos
alimentarios correctos para garantizar una necesaria y fundamental calidad de
vida al ciudadano.
4.- Cada pueblo posee unos hábitos
alimentarios perfectamente construidos, hábitos que significan un
comportamiento cultural propio y característico. Cualquier comunidad expresa
a través de la cocina no sólo unos determinados hábitos gustativos, sino también
una personal manera de ser como colectividad diferenciada. Preservar la
especifidad de cada pueblo debe ser un reto tanto culinario como cultural.
La formación y el diálogo intercultural, también en cocina, tienen que hacerse y
promoverse desde el respeto a las diferencias y a la identidad.
5.- La cocina presenta unos valores de
intercambio y cohesión que han de preservarse. En el campo de la alimentación y
la cocina, el proceso de globalización tiende y contribuye a una inequívoca y
progresiva homogeneización de nuestra comida, a menudo en detrimento de
la calidad de los productos, las costumbres y la tradición culinaria. El
cocinero tiene que combatir esta clara agresión a la cultura y la calida de vida
de las personas. Una globalización coherente no tendría que llevar a consumir
más productos industriales y prefabricados, sino a fomentar y contemplar un
modelo de consumo más racional que respete la diversidad natural de la
cultura culinaria.
6.- Los profesionales de la cocina nos
comprometemos a apoyar de modo incondicional a agricultores, ganaderos,
pescadores, etc., para contribuir a fomentar una explotación más racional
y sostenible del medio natural.
7.- El interés que suscitan hoy en día los
cocineros en los medios de comunicación nos convierte en transmisores de
modelos y pautas de comportamiento social en el ámbito de la alimentación.
Esta realidad nos obliga a afrontar nuestra profesión con una total y
absoluta responsabilidad en unas circunstancias de profunda evolución social
y cultural.
8.- En un entorno social en el que el hambre
continúa siendo una evidente e injusta realidad, los cocineros exigimos a la
Administración un mayor compromiso económico y una política global más justa
en favor de los países y pueblos más pobres y desfavorecidos.