Los
intelectuales ecologistas, como Lynn White Jr., nos proponen aclarar nuestras
ideas para replantear los presupuestos de la ciencia y de la técnica modernas
bajo una perspectiva a más largo plazo, dentro de una perspectiva, en cierto
modo, histórica. En efecto, en la vieja Europa, y pienso en la Antigüedad Griega
y Romana, la ciencia era observada como actividad especulativa y orientada hacia
el intelecto: tenía un soporte fundamentalmente aristocrático por lo que estaba
reducida a una existencia entre las categorías sociales de más alto nivel. En
definitiva, que estaba reservada a la élite social. La técnica, en cuanto que
tal, era su contrario, empírica, orientada hacia la acción y se orientaba sobre
todo en lo que podríamos llamar -sin prejuicios sociales- las capas sociales
inferiores de la sociedad. La fusión, totalmente repentina, de estos dos tipos
de actividad, a mitad del siglo XIX, estuvo ciertamente ligada, según Lynn White
Jr. y otros, a las revoluciones democráticas de la época, que tendían, al
desplomar las fronteras sociales, a asociar, valga la metáfora, "la mano y el
cerebro" bajo una misma unidad funcional.
La crisis ecológica que nos acecha es pues el resultado, nos dice Lynn White
Jr., de la emergencia de una cultura democrática totalmente nueva. Y todo se
reduce a saber si el nuevo mundo democrático podrá sobrevivir a sus propios
presupuestos. Es probable que podamos garantizarlo a condición de repensar el
conjunto de nuestros paradigmas.
LA TRADICIÓN TÉCNICA Y CIENTÍFICA OCCIDENTAL
La crisis que conocemos consiste precisamente en la culminación de la tradición
técnica y científica occidentales. La ciencia y la técnica modernas son, por
supuesto, específicamente occidentales y el liderazgo occidental en los dominios
científico y técnico es mucho más viejo de lo que muchos se atrevan a suponer.
Es mucho más viejo, en todo caso, que lo que llamamos la "Revolución Científica"
del siglo XVII o la "Revolución Industrial" del siglo XVIII.
No más allá del año mil, e incluso desde la época carolingia, Occidente comenzó
a aplicar sus conocimientos en hidráulica para otras actividades industriales
más allá de moler el grano. A partir del final del siglo XII, se da en
Occidente, una utilización sistemática de la fuerza del viento y aparecen los
primeros relojes automáticos a comienzos del siglo XIV. Para finales del siglo
XV, para la mayor parte de los historiadores, la superioridad tecnológica de
Europa es tan abrumadora que explica la relativa facilidad con la que se
produjeron las conquistas portuguesas y de todos los pueblos europeos que les
siguieron.
La tradición científica occidental comienza hacia el final del siglo XI con el
enorme esfuerzo de traducción al latín de las obras científicas de griegos y
árabes. Todo o prácticamente todo el cuerpo científico de los griegos fue
traducido en menos de doscientos años, entre el siglo XI y el siglo XIII. Estos
trabajos fueron leídos y criticados con pasión en las nacientes universidades
que florecían de Italia hasta Flandes e Inglaterra. Y la crítica hizo nacer
nuevas observaciones y especulaciones. De esta forma, muchos autores y sus obras
resultaron desacreditados cuando antes ejercían una autoridad intelectual
absoluta. Para el final del siglo XIII, pues, Europa había conseguido el
liderazgo científico de las flaqueantes
y débiles manos del Islam.
Sabiendo que es durante la Edad Media que estos movimientos tecnológicos y
científicos comienzan su verdadero desarrollo en el seno de nuestra cultura, que
adquieren su carácter propio y que acabará dominando el mundo, parece oportuno
emprender en este punto un estudio más en profundidad sobre la mentalidad global
de esta época medieval si queremos comprender lo que, desde un punto de vista
genealógico, ha conducido a la revolución científica del siglo XVII y a la
revolución industrial y tecnológica del siglo XVIII. Es necesario comprender la
naturaleza y los impactos que estos movimientos pueden tener aun hoy en dia
sobre la ecología y examinar los postulados fundamentales que caracterizan más
precisamente a la época medieval.
LA CONCEPCIÓN MEDIEVAL DEL HOMBRE Y DE LA NATURALEZA
Desde el siglo IX en Occidente, tenemos numerosas pruebas de la actitud de
explotación hacia la naturaleza, en las imágenes, por ejemplo, de los
calendarios. En los antiguos calendarios, los meses del año estaban
representados por alegorías, por personificaciones pasivas. Mientras que los
nuevos calendarios, los calendarios francos especialmente, que inspirarán el
estilo de la Edad Media, son muy diferentes: vemos a hombres ocupados en
transformar mediante la fuerza el mundo que les rodea, arando los campos,
recolectando frutos, talando árboles, matando cochinos, etc. Las catedrales nos
ofrecen en este sentido numerosos ejemplos. El hombre y la naturaleza pasan a
ser, de alguna manera, cosas distintas. Siempre entendiendo al hombre como el
dominante de esta relación. Y toda innovación técnica (que empezaron bien
pronto, como acabamos de ver) parece corresponder a mecanismos de pensamiento
más amplios puesto que lo que la gente hace en su medio ambiente depende de
hecho de la forma en que se percibe su relación con las cosas que le rodean. Y
la ecología humana está en gran parte condicionada por las creencias relativas a
nuestro destino, es decir, por la religión.
Para Lynn White Jr.[1] y para muchos otros, la
victoria aportada por el cristianismo sobre el paganismo ha constituido, desde
este punto de vista, la mayor revolución mental de nuestra cultura. Los lazos
culturales de nuestro Occidente contemporáneo siguen siendo en gran parte
tributarios de nuestro pasado cristiano. E incluso aunque hoy nos parezca de
buen tono afirmar que vivimos en una época "pos-cristiana", y siendo también
cierto que nuestra manera de pensar y de hablar ha dejado de ser cristiana,
nuestra lengua y nuestra cultura se mantiene en sustancia idénticas a como eran
en el pasado. Nuestros esquemas de actividad cotidiana, por ejemplo, siguen
estando dominados por la creencia implícita en el progreso continuo que no
conocieron ni la Antigüedad greco-romana, ni el Oriente Antiguo. Y esta creencia
se enraíza bien dentro de la teleología judeo-cristiana y no sería posible
imaginarla fuera de ella. El hecho de que, dentro de la modernidad, muchos que
se pretenden ateos como, por ejemplo, los comunistas de la época estalinista, se
adhieran también a estas creencias -a menudo nos olvidamos de la
industrialización forzosa que los regímenes comunistas orientaron hacia el
progreso y dentro de una perspectiva mesiánica del tiempo futuro- confirma
solamente lo que se puede demostrar a partir de otras premisas, a saber, que el
marxismo, como el Islam, y como la mayor parte de las ideologías modernas, es
una herejía judeo-cristiana. En definitiva, que el mundo en que vivimos
permanece fundamentalmente marcado por los paradigmas del cristianismo.
EL CRISTIANISMO Y LA RELACIÓN DEL HOMBRE CON SU MEDIO AMBIENTE
A diferencia de la mitología greco-romana, que se distingue especialmente del
resto de las mitologías del mundo por una visión no-creacionista del universo,
la Creación, dentro de las mitologías semíticas y especialmente en la Biblia, es
el momento inaugural del mundo.
Sabemos de sobra que los pensadores del viejo Occidente, comenzando por
Aristóteles, rechazaron la idea de que el mundo visible pudiera haber tenido
alguna vez un comienzo. Una idea de este tipo no podría incluirse en el cuadro
de su concepción cíclica del tiempo. El cristianismo, al contrario, ha heredado
del judaísmo, no solamente la concepción lineal del tiempo, segmentado, que no
se repite, pero igualmente un impresionante relato sobre la creación del mundo.
Este relato no es otro que El Génesis. ¿Y qué es lo que nos cuenta el Génesis?.
Dice que un Dios infinitamente bueno y todopoderoso ha creado las luces y las
tinieblas, los cuerpos celestes, la Tierra y todas las especies de peces, de
pájaros, de animales y de plantas. Puesto que el hombre, como decimos en
lingüística, es "actor", el los nombra y se proclama su maestro. Dios nos
concede todo esto, según el Génesis, explícitamente para beneficio del hombre y
para permitirle hacer reinar su ley: no hay nada en el mundo físico resultante
de la creación ni otra razón de existencia que la de servir a los fines humanos.
Y si el cuerpo del hombre es en cierto modo moldeado como la arcilla, no es
simplemente una parte de la naturaleza, no es algo banal ni trivial: está hecho
a imagen de Dios.
De esta forma, el antropocentrismo está en el origen del discurso bíblico,
dentro del impresionante relato bíblico de la creación, y el cristianismo, sobre
todo bajo su forma occidentalizada, es la religión más antropocéntrica que el
mundo haya jamás conocido. Desde el siglo II, lo padres de la Iglesia, como por
ejemplo Tertuliano, el Africano o San Ireneo de Lyon, el galo, señalan que Dios,
desde que creó a Adán, tenía en proyecto a un Segundo Adán, es decir, a Cristo
encarnado. El hombre comparte así, en esta teología, la trascendencia de Dios al
mismo nivel que la naturaleza. No solamente el cristianismo, en oposición
absoluta a la antigua cosmogonía pagana como a las religiones de Asia (excepción
hecha quizás del zoroastrismo), instaura un dualismo fundamental entre el hombre
y la naturaleza, sino que insiste igualmente en el hecho de que la explotación
de la naturaleza por el hombre, para satisfacer sus propias necesidades, resulta
ser la voluntad de Dios.
Muchos ven aquí el origen de los problemas ecológicos que conocemos.
Existe pues desde el comienzo de esta filosofía, o mas bien de esta teología, lo
que Heidegger denominaría "la dominación de la naturaleza". Este dominio de la
naturaleza forma parte de el plan divino. Y es dentro de esta brecha abierta por
el dualismo cristiano que van a colarse, a partir de Descartes, todos los
apologetas de la modernidad occidental.
A nivel más popular, es decir a otro nivel distinto que el discurso de las
elites cristianas, esta nueva visión del mundo ha ejercido una influencia
reveladora. En la Antigüedad, cada árbol, cada fuente, cada arroyo de agua, cada
colina tenía su propio "genius loci", su genio protector. El mundo estaba
poblado de dioses y la naturaleza era compartida por hombres y dioses. Estos
espíritus eran accesibles al hombre, por diversos medios que revelaban la magia
de la seducción, aunque se diferenciaran en gran medida de él, como lo atestigua
la ambivalencia, un tanto inquietante, de los centauros, los sátiros y las
sirenas. Antes de cortar un árbol, excavar una montaña o de cazar un pájaro
-cosa que nuestros antiguos no dejaron de hacer- era antes muy importante calmar
al genio protector del lugar y hacer lo posible para mantenerle contento. El
mundo estaba encantado, y se hacía necesario tratar con él de una cierta manera,
crear con él procedimientos específicos.
Al destruir esta relación con el mundo más allá del simple animismo pagano, el
cristianismo permitió, el solo, explotar la naturaleza con total desvergüenza y
sin preocuparse de los "sentimientos de los objetos naturales" y del espíritu
del mundo. El cristianismo se encuentra así al origen de la deificación, de la
"objetivación" del mundo y de la naturaleza. La muerte del gran "Pan" dejó su
lugar a la tecnología y en todo caso a ese revoltijo originado en el siglo XIX
de la ciencia y de la técnica que algunos llaman hoy en dia la "tecno-ciencia".
Se dice que este animismo, la Iglesia lo substituirá por el culto a los santos.
Esto solo es aparentemente exacto, puesto que el culto a los santos es
funcionalmente muy distinto al animismo. El santo no habita los objetos
naturales; puede tener su santuario particular, pero es en el cielo donde
reside. Es decir, el santo no es más que un ser humano al que podemos acercarnos
como tal. De esta forma, los espíritus que habitan los objetos naturales
desaparecen. El hombre se ve así dotado sobre la tierra del monopolio del
espíritu y las viejas barreras que le impedían explotar imprudentemente la
naturaleza fueron derribadas gracias a la Revelación, Dios dio al hombre la
Biblia y las Sagradas Escrituras, por supuesto, pero también creó Dios la
naturaleza, siendo un testimonio de la potencia divina.
Pronto se va a producir, en la Edad Media, el nacimiento de lo que denominamos
"teología natural" que consistió, en un primer momento, en el estudio religioso
de la naturaleza para alcanzar una mejor comprensión de Dios. En la Iglesia
primitiva, en sus primeros comienzos e incluso continuado por el Oriente
Bizantino, la naturaleza era entendida como un sistema simbólico, como una
especie de metáfora para dar mayor energía a las parábolas. Era a través de
estos símbolos, o por mediación de los cuales, que Dios hablaba, en cierto modo,
a los hombres. Esta concepción de la naturaleza era mucho más estética que
científica. La ciencia en este contexto no podía desarrollarse mucho. Este era
un ambiente desfavorable para una actividad de tipo científico puesto que la
ciencia, para tener lugar, necesita que la naturaleza sea objetivada.
Pero, desde el siglo XIII, la teología natural ya había adquirido una nueva
interpretación, al menos en el Occidente latino. No buscaba mas descifrar los
símbolos físicos gracias a los cuales Dios se podía comunicar con el hombre,
sino que se esforzaba en comprender mejor el espíritu divino mediante el
descubrimiento de como funcionaba la creación. No se trata ya de comunicarse con
Dios a través de la naturaleza, sino de comprender sus mecanismos. De esta
forma, y tomando un ejemplo concreto, el arco iris, al oeste de Europa, no era
solo un simple símbolo de esperanza, que Dios envía por primera vez a Noe al
final del diluvio, sino un fenómeno óptico sobre el que los autores podían
publicar obras extraordinariamente complejas aunque su tono intelectual
permaneciera esencialmente religioso. Del siglo XIII al siglo XVII, hasta
Leibniz y Newton, todos
los investigadores de envergadura, incluidos estos dos últimos, explicaban sus
motivaciones en términos religiosos. No es hasta el final del siglo XVIII que
Dios, para muchos investigadores, se convierte en una hipótesis sobre la que no
podemos asegurar nada, una hipótesis inútil. Esto quiere decir que la ciencia
occidental moderna ha sido concebida del vientre de la teología cristiana. Y el
impulso original de esta ciencia moderna proviene del dinamismo de una devoción
religiosa puesta al dia por el dogma judeo-cristiano de la creación. La
ciencia moderna se revela, en cierta forma, como la extrapolación de la teología
natural de la Edad Media. Hay que terminar con esta común idea de los
historiadores racionalistas y laicos del siglo XIX que oponían una Edad Media
cristiana, por tanto oscurantista, a un Renacimiento, que por medio del
redescubrimiento de escritos antiguos y de sucesivos progresos , se dirigía
hacia un mundo de luz, hacia un mundo más claro, hacia un mundo de dominación de
la naturaleza. Este esquema no resiste el análisis: sabemos que la crítica y la
lectura atenta de los textos de la Antigüedad no cesó en casi toda la Edad
Media.
La técnica moderna en este contexto se explica como la realización voluntarista
occidental del dogma cristiano de la trascendencia del hombre respecto a la
naturaleza y de su legítimo deseo de dominarla.
HACIA OTRA TRADICIÓN RELIGIOSA...
Para Lynn White, y también para Grinevald [2], la
fusión ciencia-técnica, la tecno-ciencia, aparece en el siglo XIX para conferir
a la humanidad poderes que, a juzgar por la mayor parte de las consecuencias
ecológicas, escapan hoy en dia a su control. Y escapan también a su control en
nuestro contexto contemporáneo de "encumbramiento" de la economía, de una
reducción hacia lo económico de todos los valores colectivos y de un triunfo del
mercado que asigna a los hombres una finalidad única: la producción y el
consumo, es decir, el desarrollo. Aclaremos que este desarrollo significa en
realidad un dominio cada vez más grande sobre la tierra. En este proceso, el
cristianismo tendría la mayor responsabilidad -como afirman la mayor parte de
los historiadores de la ciencia- al iniciar un nuevo tipo de relación: la del
hombre soberano hacia una naturaleza "muerta".
Recurrir a cada vez más ciencia, a cada vez más técnica para salir del callejón
ecológico en que nos encontramos no nos será de gran utilidad, al menos desde
esta óptica, ya que la ciencia y la técnica tienen su origen en un pasado, en una
matriz cristiana que, siguiendo este razonamiento, sería la principal "culpable"
de la situación actual. Y si las raíces del problema son en gran parte
religiosas, el remedio, ¿podrá ser también religioso?. Contra el antropomorfismo
que parece estar en el centro justo de la problemática ecológica de hoy, ¿no
sería justo tratar de cambiar de paradigmas religiosos?.
Podemos, a decir de algunos, repensar el cristianismo, por ejemplo, a partir de
San Francisco de Asís. San Francisco de Asís, fue en el siglo XIII, el cristiano
que optó por un cierto ascetismo y que hablaba a los pájaros, que hablaba a los
lobos, y que daba la palabra de Dios a estos otros seres "inferiores", lo que
significa, desde su punto de vista, que estos otros seres estaban dotados de lo
que aquí no nos atrevemos a llamar "alma", pero que en todo caso tenían un
espíritu que les permitía participar no solamente de la creación, pero también
del futuro de la humanidad, del futuro de la vida (en el sentido religioso del
término). Y, hoy en dia, un cierto número de teólogos ecologistas proponen
volver a esta corriente franciscana que fue en gran parte abandonada después del
siglo XIII en la medida en que San Francisco de Asís ha sido, en muchos
aspectos, un herético. Y todos aquellos que, o la mayor parte de ellos, que le
han seguido y han sido tachados de heréticos aunque, por otra parte, San
Francisco de Asís fuera santificado por ser un ejemplo de vida cristiana en la
Edad Media.
Podemos ir más lejos en el tiempo para descubrir otro comienzo, pero que no es
el creacionista, es decir, volver a los grandes relatos de la visión del mundo
que desarrollaron los griegos especialmente. Se trataría de "recurrir" a un
paganismo de tipo panteísta que permitiría re-pensar la relación del hombre con
el mundo no en términos dualistas de oposición, sino en términos de
co-pertenecia a un universo único. Dentro de esta visión de co-pertenencia,
intervienen ideas, como la de Michel Serres[3],
según la cual los derechos podrían estar ligados a no-humanos y serían, por así
decir, comparables a los ligados a los humanos. Son estas las teorías que
denominamos de la "ecología profunda". Arne Naess[4],
por ejemplo, ha escrito bastante en este campo y las asociaciones de defensa de
los animales se inspiran fundamentalmente en este tipo de razonamientos.
NATURALEZA, CIENCIA Y SOCIEDAD EN LA MODERNIDAD
En la era moderna, habíamos vuelto a la naturaleza extraña después de la novedad
cristiana que divide a Dios por una parte, su creación por otra, el hombre que
escapa en cierta manera a esta creación en tanto que imagen y encarnación de
Dios. Y la ciencia Galileana y Newtoniana no ha hecho más que aumentar el abismo
entre el dominio de la acción humana y las leyes de la naturaleza. Mientras que
la primera se rige, para los hombres del siglo XVII por la orientación de la
acción hacia un fin, la segunda ignora toda clase de finalidad. Y a la
irreversibilidad del tiempo de acción orientado hacia el progreso -la noción de
progreso no aparecerá hasta el siglo XVIII, aunque ya se encuentre contenida
religiosamente en la idea judeo-cristiana de que la historia tiene un sentido-
responde, en el siglo XVII, la reversibilidad de las ecuaciones de la dinámica
clásica. El juego de correspondencias entre la naturaleza y la sociedad, la idea
misma de un orden cósmico que revelaría la organización social pierde entonces
toda pertinencia. La idea de una correspondencia entre el microcosmos y el
macrocosmos se derrumba. Tenemos los dos universos que se piensan no solamente
de forma diferente, sino incluso opuesta. Finalmente se llega a instaurar la
siguiente división de roles: los hombres determinan los fines, la naturaleza
procura los medios. La naturaleza es de hecho reducida a lo que es, por una
parte jurídicamente apropiable (el derecho de propiedad progresa
considerablemente durante los siglos XVII y XVIII, dando lugar al liberalismo) y
de otra parte técnicamente explotable. De hecho, la totalidad -vieja idea
pagana- constituida por la naturaleza y la sociedad se hace algo impensable en
cuanto que tal. Por tanto, descubrimos las leyes de la naturaleza en cuanto que
autónomas sin preguntarnos por la sociedad y sus fines. Se instala una radical
separación entre los dos dominios. Sin embargo, todo este esquema de pensamiento
está hoy en en crisis. Está en crisis sin que ningún otro lo haya
substituido de forma clara. En efecto, el
paradigma occidental moderno, el paradigma clásico, ha sido cuestionado desde el
interior mismo del mundo científico, desde el siglo XIX, con el descubrimiento
de la geometría no-euclidiana por ejemplo y este dogma, en este momento, del
espacio universal, el espacio de Newton que comenzó a derrumbarse antes de ser
totalmente pulverizado, a principios del siglo XX, por la física einsteniana. De
igual forma, el dualismo cartesiano así como el método experimental de Bacon
fueron cuestionados, más tardíamente, por la mecánica cuántica.
De la misma manera, todo el trabajo de las ciencias humanas ha mostrado hasta
qué punto, debido al narcisismo del hombre occidental contra su sufrimiento, se
mantiene en sus creencias (este el resultado de la sociología especialmente
después del siglo XIX). Estos elementos van a enfrentarse al dogma de la
autonomía del sujeto sobre el que reposa toda la modernidad política. Un
pensamiento anti-humanista, o no-humanista en todo caso, se produce a partir de
la creación de la sociología. Además, y en cierto modo, la sociología misma es
el fruto de las reflexiones de los contra-revolucionarios de principios del
siglo XX que interpretaron la Revolución como separación de la comunidad y que
buscaban por medios diversos -que no consistían tampoco en los del retorno al
Antiguo Régimen- rehacer el vínculo social.
EL CUESTIONAMIENTO DE LA CONCEPCIÓN MODERNA
Pero es en los siguientes dos dominios que la concepción moderna de la relación
del hombre con el mundo se ha cuestionado mas abiertamente: la ecología
(científica) ligada a las ciencias de la naturaleza y la filosofía, en su rama
fenomenológica.
La ecología implica en efecto una visión relacional de la naturaleza: los seres
vivos solo pueden existir en la medida en que ocupan un "nicho" dentro de un
ecosistema y recíprocamente, el ecosistema no existe más que en función de las
relaciones entre los seres que la componen. Esta visión es bien extraña y
opuesta al paradigma occidental moderno. Para un filósofo ecologista como
Callicot[5], la relación entre las cosas es
anterior a las cosas que une. Dicho de otra forma según Callicot, y con esto
expresamos el sentir de la epistemología ecológica, la relación precede a la
esencia. De hecho, nos encontramos ante un paradigma virtual, que podríamos
denominar paradigma ecológico, cuya emergencia va a revolucionar no solamente la
concepción moderna de la naturaleza sino que va a hacer temblar toda la
metafísica occidental tal y como la hemos entendido hasta ahora. Este
pensamiento relacional, según Jacques Berque[6],
tiene numerosas afinidades con las antiguas religiones orientales como el
Budismo o el Taoísmo que jamás han separado al hombre de su medio.
En cuanto a la fenomenología, ha cuestionado radicalmente, sobre todo con
Heidegger, la pretensión del sujeto moderno por objetivar su ambiente. Para
Heidegger, como para Husserl, el ser humano debe ser pensado en función de su
pertenencia a la tierra y esta debe ser pensada en relación al hombre que la
hace habitable. No puede ser pensada como un objeto porque es la base sobre la
que descansa el propio sujeto. No existe oposición, como nos "kantetizan" los
modernos, entre la naturaleza y el individuo sino que existe algo más que está
más allá de la mera unión.
A pesar de todo, no debemos olvidar toda la aportación esencial de la modernidad
occidental, es decir, el descubrimiento de las leyes del mundo físico en cuanto
que tales y que no podrá ser "corto-circuitado" por la sola referencia a los
nuevos paradigmas o por presupuestos de tipo religioso. La ciencia ha tenido
lugar. La técnica ha tenido lugar. No es posible ya pensar fuera de estos
determinantes. Y tanto más cuanto que la propia modernidad, dentro de su saber
científico, ha segregado por si misma los medios conceptuales para superarla. La
modernidad no es solamente un error o un callejón sin salida, es sobre todo, y
puede llegar a serlo, una etapa de nuestra historia que llama a su próxima
superación. Esta superación, este "más allá" a inventar, puede ser la emergencia
de una concepción relacional que cabalgaría sobre las dicotomías modernas, que
tendería a religar el universo de los hechos al de los valores en un sentido de
totalidad, como lo vemos en obras de muchos teóricos del ecologismo como
Lovelock[7].
Pongamos dos ejemplos:
Hoy sabemos, especialmente después de los teoremas de la incompletitud e
incertidumbre de Godël[8], que no podemos
demostrar la validez de un sistema de referencias más que en referencia a algo
que le sea exterior. De esta forma se instaura un sistema de orden superior y
así sigue el siguiente. Para demostrar la validez de un sistema pues, se debe
salir para tener algo más englobante y seguir así hacia el siguiente. Los
sistemas inferiores no es que sean falsos, son simplemente de una validez
relativa como lo son todos los sistemas superiores. Dentro de esta óptica, no
puede haber un sistema final con validez absoluta. Dicho de otro modo, y con
este tipo de razonamientos, es el fin del viejo paradigma de la universalidad.
Examinemos ahora la noción de finitud ecológica de la Tierra. Esta noción ha
destruido la concepción clásica según la cual lo universal prevalece sobre la
singular y lo general prevalece sobre lo particular puesto que no podemos aislar
la relación entre lo planetario y lo local. Es decir, el universo sistémico de
la ecología, por ejemplo la biosfera que corresponde a lo planetario, y los
biotipos que corresponden a lo local son interdependientes. Mientras que el
principio de la modernidad tiende a sacrificar, a abolir, toda singularidad
local en beneficio de principios universales. A este respecto, la modernidad se
descubre como algo esencialmente utópico, es decir, y dentro del más original
sentido del término, una visión del sin-lugar, del no-lugar.
Quizás sea entonces la hora de formular, más allá de la crítica, no solamente un
nuevo paradigma sino también, "una nueva esperanza"...
Fuentes y notas de lectura:
[1] Lynn White Jr., "The Historical roots of our
ecologic crisis", artículo aparecido por primera vez en la revista Science
(10 de marzo de 1967)
[2] Jacques Grinevald, filósofo, profesor e
investigador suizo, autor de numerosos estudios sobre la historia del desarrollo
científico y técnico en Occidente en revistas como Co-évolution, Transversale,
Les cahiers de l'IUED, Environmental Conservation. Es miembro de ECOROPA, de la
Sociedad Internacional para la Economía Ecológica y colaborador del Foro Mundial
para la Biosfera.
[3] Escritor y filósofo muy conocido en Francia
que enseña en la Sorbona y en los Estados Unidos. Es miembro de la Academia
Francesa desde 1990. Fue en su obra "Le contrat naturel" publicada en editorial
Flammarion (1992), que propone erigir a la naturaleza como sujeto de derecho
rompiendo así con el humanismo contemporáneo al que opone un igualitarismo
biocéntrico.
[4] Filósofo noruego, principal teórico del
movimiento de la ecología profunda (Deep Ecology) que imparte clases en la
Universidad de Oslo. Ha escrito numerosas obras y colabora en publicaciones como
"The Ecologist", "The Deep Ecology", "Ecology and Ethics", etc.
[5] Ver al respecto un artículo en Ecologie
Politique, verano 1993.
[6] Jacques Berque es el autor de "Naturaleza,
cultura y colonización".
[7] Ver su desarrollo de la hipótesis "Gaïa".
[8] Ver al respecto el excelente libro de Douglas
Hofstadter, Godël Escher Bach, "Les Brins d'une Guirlande Eternelle" en
InterEditions, 1985. El hilo conductor de esta obra son los "bucles extraños" en
los que se confunden el sujeto y el objeto, el observador y el que observa...