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Nuestra época contemporánea está marcada por una rápida afro-islamización del
Viejo Continente, sin que podamos descartar la hipótesis de una geopolítica de
los movimientos migratorios con la población musulmana como vector principal.
Recordemos que la historia del Islam está íntimamente ligada a la de los
fenómenos migratorios de las poblaciones musulmanas en tierra de no-musulmanes
y de aquellos que les han favorecido.
Esta hipótesis supone que el mundo musulmán tiene intereses y que, por razones
diversas, ciertas minorías influyentes del hexágono también obtendrían
beneficios.
En el lado del debe, podríamos hablar de una ideología que culpabilizaría a
las poblaciones occidentales que se encontrarían moralmente desarmadas bajo
una hipar-mediatización cretinizante. Se puede percibir la utilización
anestesiante de un humanismo de esencia griega y cristiana que se vuelve
contra aquellos que se reclaman sus herederos.
Por el otro lado, el interés del mundo musulmán por los actuales fenómenos
migratorios cae por su propio peso. Hoy como ayer, el mundo de la Cristiandad
es rico y opulento. Mal nos podemos imaginar como el Islam podría rechazar
esta bonita manzana en la que poder morder con avidez. En cambio, el beneficio
que supuestas minorías hexagonales podrían obtener parece menos evidente.
¿Como pueden en efecto favorecer las razzias sin tarde o temprano sufrir las
consecuencias?
Es necesario saber que en geopolítica todas las hipótesis son posibles, sin
olvidar lo evidente: la actual sociedad francesa, heredera de más de dos mil
años de historia, no posee más que admiradores. Su cultura esencialmente
católica y greco-romana esta expuesta, por su propia naturaleza, a odios
recurrentes y tenaces inscritos en lo más profundo de la historia. Las
antiguas enemistades contra Atenas, Roma y después Bizancio continúan todavía
en nuestros días. El catolicismo, así como la Iglesia Ortodoxa, salen menos
favorecidos. No faltan energías dispuestas a abatirlos, o mismamente a
combatirlos.
Ciertamente, la idea de una Francia sumisa a la dominación de otras potencias
entra en contradicción con las susceptibilidades nacionales. Son muchos los
que prefieren hoy en día imaginar un Francia soberana, que dirija su propio
futuro y sea capaz de regular la composición de su población. La realidad
dista mucho de ser esta: la hipótesis de un territorio hexagonal convertido
como muchos otros antes que él, en uno de los terrenos de "juego" de los
otros, y más particularmente del Islam, no es ciertamente algo que debamos
subestimar.
En la hipótesis de una geopolítica musulmana que utilizara las migraciones
como factor de islamización, las poblaciones musulmanas deberían lógicamente
ser llamadas a jugar un rol activo. El actual fenómeno de la violencia y la
inseguridad urbana y escolar podría muy bien ser incluido en este capítulo. No
habría pues ausencia de señales en el espíritu de los "jóvenes", como los
"especialistas" del tema se han auto-persuadido, sino al contrario una señal
muy clara, un objetivo a esperar, el de una futura sociedad francesa bajo
dominación musulmana. El fenómeno llamado de los "barriadas", constituiría uno
de los medios de consecución. Sería una de las manifestaciones de la "presión
musulmana" o "solidaridad musulmana" visible un poco por todo el planeta y que
es un factor esencial en el proceso de islamización de las sociedades
no-musulmanas a través de la historia. Como en una colmena, cada uno trabaja
sin saber necesariamente cual es el verdadero rol del vecino ni cual es
exactamente el camino que los acontecimientos tomarán para llegar a la meta
prefijada.
La opción intelectual que consiste en estudiar tal tipo de hipótesis no
presupone ni xenofobia ni racismo, sino al contrario, agudeza de razonamiento
y flexibilidad de espíritu. Es necesario deshacerse de las modas de
pensamiento occidental para posicionarse en lugar y en la situación del otro,
es decir, del inmigrante afro-musulmán, pero igualmente en lugar y situación
del hinduista de la India, de Java o de Bali, de budista de Tailandia o de Sri
Lanka, o bien de un cristiano de Madagascar o de las Filipinas, todos ellos
observando la evolución sobre el terreno del Islam en su propio país.
Es igualmente necesario tener un buen conocimiento del actual fenómeno de la
violencia y la inseguridad urbana y escolar (sobre el terreno y no en la
comodidad del despacho). Pero sobre todo, es de urgencia aceptar el avance de
nuevas hipótesis que puedan coincidir con las propias convicciones y aceptar
el inconformismo intelectual.
Nosotros los franceses no hemos estado jamás familiarizados más que con un
solo tipo de clivaje político y sociológico, el de la derecha/izquierda,
heredero de la Revolución. En consecuencia, hemos cogido el "mal hábito" de
observar todo a través de este "filtro" de pensamiento. Además, la
universalidad supuesta de los ideales revolucionarios nos ha persuadido que
tal visión del mundo era compartida por todos, mientras que la evidencia no lo
confirma. Tan solo con cruzar el Canal de la Mancha podemos constatar que la
bipolaridad de nuestros vecinos ingleses no es idéntica a la nuestra. Para
dificultar las cosas, la propagación, a partir del siglo XIX, del liberalismo
económico y del marxismo a dividido a nuestro mundo en dos partes bien
distintas, los ricos y los pobres, los explotadores y los explotados. Estas
dos visiones del mundo tienen un punto en común, el de verlo por el prisma
único del economicismo.
En el dominio de la información, nuestras fuentes no son más que un reflejo
caricaturesco de todo lo anterior. No hacen más que traducir el mundo en un
lenguaje que nosotros, pequeños franceses, somos capaces de entender y que los
mass-media son capaces de transmitir. Se expresan en un vocabulario que
corresponde a conceptos que nuestra propia historia ha forjado e integrado en
nuestro cerebro. Nuestras fuentes son incapaces de pronunciar palabras que
traduzcan los conceptos de los otros. Son también incapaces de evocar nociones
psico-afectivas como el deseo, la codicia, la envidia, la venganza y el odio,
pero son perfectamente capaces de movilizar a las multitudes sobre el medio y
largo plazo. De hecho, estamos persuadidos de que nuestro "mundo de la
comunicación" es apto y capacitado para abrirnos al mundo real, mientras que
no se percibe más que aquello que es capaz de asimilar bajo el estrecho campo
conceptual de su universo semántico.
Para mejor captar la realidad de una Francia que se "mundializa", quizás sea
necesario comenzar por iniciarse a otras formas de ver el mundo para mejor
comprenderlo.
Así, podemos concebir que en Francia, como en el resto del mundo, existen
grupos de reflexión y de poder que expresan un gran abanico de sentimientos y
resentimientos de naturaleza psico-afectiva, ideológica, cultural, religiosa
vis-a-vis de Francia y sus autóctonos, que escapan a nuestro universo
conceptual. Podemos imaginar en consecuencia a ciertos de entre ellos bien
poco contrariados de constatar la realización sobre el territorio francés de
un trabajo que deseaban hacer con todas sus fuerzas pero del que no se podían
encargar personal u oficialmente. Qué sutil venganza constatar como día tras
día el "pequeño blanco" se retira del corazón de los barrios "sensibles" que
no cesan de agrandarse.
No podemos mas que constatar la creciente inquietud, digamos el temor, que se
instala progresivamente en el seno de las poblaciones autóctonas de los
barrios "sensibles" y de sus márgenes. No podemos negar que este temor está
generado en su mayor parte por un cuasi-sentimiento de impotencia cuyo
principal componente parece de naturaleza moral y psicológica.
Si el autóctono no reacciona, no es solamente por pasividad natural o por
ignorancia de un tipo de violencia que le es extraño. Su aparente inacción
puede explicarse por una muy fuerte presión moral: el perpetuo y omnipresente
temor de una acusación de racismo. No podemos negar que hoy, de lo más bajo a
lo más alto de la pirámide de responsabilidades, cada uno teme del otro una
eventual revelación de cualquier tipo de indicio de pensamiento de carácter
racista.
Mientras que las acusaciones de racismo hacia los autóctonos es omnipresente,
las urgencias de los hospitales de Francia llaman la atención sobre las
estadísticas de agresiones donde las víctimas son cada vez mas, después de
mediados de los 80, los propios autóctonos. Esta es la exacta realidad de
muchas barriadas, que no pasa por los filtros de observación de la ideología
dominante. Aquí, el autóctono es el verdugo y el no-autóctono, una víctima. La
situación inversa no está prevista en la programación de los circuitos de la
"información".
Si el "pequeño blanco" se repliega, si un poco por todos sitios y cada día más
no osa oponerse a las provocaciones, a las agresiones, a las violaciones e
incluso muertes, no es únicamente en razón de un individualismo occidental
rápida y con frecuencia puesto en entredicho. Es quizás porque se le ha
progresivamente enseñado el odio hacia sí mismo y de su pasado.
Pascal Bruckner ya lo dejó bien expresado hace ya veinte años:"A priori, en
efecto, pesa sobre todo Occidente una presunción de crimen. Nosotros,
europeos, hemos crecido en el odio hacia nosotros mismos, en la certidumbre de
que había en el corazón de nuestro mundo un mal esencial que exigía venganza
sin esperanza de perdón". Día tras dia y después de medio siglo, una ideología
del arrepentimiento se ha expandido desde círculos intelectuales restringidos
a ciertos partidos políticos, antes de convertirse en un discurso casi
cotidiano del mundo sofocante de la "comunicación". Esta ideología a penetrado
de tal forma en las conciencias que raros son hoy los discursos que se
desmarcan claramente de las asociaciones semánticas tales como Blanco/racista,
cristiano/antisemita, Occidental/colonialista, Francés/fascista.
Podemos avanzar por tanto el concepto de un fenómeno cultural que ha tenido
por característica colocar desde hace un cuarto de siglo al autóctono en
posición de acusado de cara a las poblaciones afro-musulmanas que se ha
encargado él mismo de acoger en las mejores condiciones materiales, morales y
psicológicas.
¿Cómo este producto de la agitación neuronal de una minoría a podido
convertirse en el credo de una época? ¿Cómo hemos podido reducir a la nada, o
al menos a la casi nada, el espíritu crítico, el reflejo de protección o de
conservación de casi todo un pueblo? ¿Cómo es que la hipótesis de su
asociación con la realidad de una afro-islamización de Francia no haya sido
jamás evocada?. Arrepentirse es también acoger a más y más, para mejor acoger,
¿debemos siempre arrepentirnos?. Es una "inmigración de arrepentimiento".
Francia se ha convertido en tierra de expresión de todas las revanchas.
Revancha del Islam contra la Cristiandad, revancha de los colonizados contra
los colonizadores, revancha de África contra Europa, revancha del Tercer Mundo
contra Occidente, revancha de los árabes contra la Iglesia Católica...El
francés de este inicio de siglo es un arrepentido de todo. Apenas es capaz de
imaginarse como pueden existir sobre la tierra individuos más despreciables
que él mismo. Esta acusación está totalmente integrada en el discurso
político-mediático hasta convertirse en uno de los fundamentos de lo
políticamente correcto en su versión francesa. Una acusación sin nombre, una
prohibición de toda defensa a la espera de que se dicte ya la condena.
La toma de conciencia de esta tendencia, su estudio y su descripción no son
disociables de una aproximación global a las relaciones Islam/no-Islam, todo a
lo largo de la historia y de la superficie terrestre. Esta aproximación choca
con tres obstáculos mayores. Por una parte, la falta de interés de los
historiadores por la historia mundial. Por otra parte la falta de progresos en
los estudios sobre lo que Occidente considera como su "Oriente". En
definitiva, la falta de interés de los occidentales por todo aquello que es
exterior a su propia civilización. Si hacemos excepción de círculos muy
restringidos, las relaciones del Islam con el judaísmo, como con el hinduismo
y el budismo, a lo largo de la historia, son completamente ignorados.
La actualidad internacional no occidental no puede ser comentada hoy en día
más que a través de un prisma contemporáneo, esencialmente dominado por la
economía y por la bipolaridad derecha/izquierda, pero bien alejado de las
realidades locales. Por efecto boomerang, este prisma de observación entra en
contradicción con el análisis que se produce en Francia entre las diferentes
comunidades, y prohíbe toda toma de conciencia de la realidad de una
geopolítica de los fenómenos migratorios sobre el suelo europeo. Realmente no
se podría hacer sino desde una toma de conciencia de unos universos
conceptuales diferentes a los nuestros. Una parte de lo que se juega hoy en
día en Europa occidental y más particularmente en Francia no es más que, de
manera indirecta, el producto de nuestra propia incapacidad de imaginar otras
concepciones diferentes a las que constituyen los fundamentos de nuestro
mundo.
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