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Francia es una
nación que un Estado creó. Para "agrandar su extensión", fue necesario someter a
diferentes pueblos, disolver diferentes culturas en el seno de una misma
civilización. La centralización, promovida por la monarquía, seguida por la
República, se ha realizado en detrimento de las regiones provocando un
empobrecimiento cultural y humano. Al mismo tiempo, aparece como la condición
para la unidad nacional, que se encuentra por otro lado configurada a base de
mitos, de imágenes gloriosas y de proyectos exaltantes. Hoy, la nación
redescubre su diversidad. Individuos y colectividades buscan en su herencia
aquello que ya no pueden encontrar a escala nacional. Detrás del pueblo francés,
reaparecen los pueblos de Francia. El problema "regionalista" queda
así planteado.
En la base del regionalismo, una actitud fundamentalmente sana: el deseo de enraizamiento.
En una civilización cada vez más cosmopolita, más igualitarista, más anónima,
resulta inevitable y a la vez deseable que crezcan los islotes de resistencia
regional y se expanda poco a poco la idea de una Europa de los pueblos.
Pero como todo movimiento, el movimiento regionalista tiene sus límites. El
poder regional, no lo olvidemos, no es el poder de dirigir los asuntos de una
región sin importar qué sentido, sino de dirigirlos en el sentido de los
intereses del pueblo que habita esa región y en conformidad a sus valores
específicos. El poder político no puede tener otra significación que el de la
consagración y la finalización del poder cultural expresado en la unidad
orgánica de la comunidad popular.
Por su parte, algunos rehacen una Europa "de salón". Esbozan mapas ideales,
donde cada región coincide con una cultura étnica. Su visión es tan maravillosa
como impracticable, por la simple razón que parten siempre de un ideal, fuera de
lo posible, sin ninguna otra reflexión estratégica sobre las "hojas de ruta"
necesaria.
Hablar de federación europea es excelente. Pero no hay federación posible sin
federador. ¿Quién podrá ser el federador de Europa? ¿Bajo qué circunstancias?
Europa se encuentra constituida actualmente en Estados Nacionales, cuya
disposición a deshacerse de sus prerrogativas es nula. ¿Cómo imponérselo? Por
lo demás, la existencia de Estados Nacionales no significa todo inconvenientes,
en la medida en que uno o varios de estos Estados pueda ser un núcleo de resistencia a
las superpotencias. Europa no es una idea abstracta. Es una pieza de la
geopolítica mundial, que, como tal, se mide en términos de poder. Europa no
tiene sentido más que como proyecto de superpotencia, es decir, no un conjunto
interdependiente (como gran mercado, por ejemplo), sino como fuerza autónoma.
Una Europa "a la Suiza", donde los europeos, en tanto que "suizos", no
alcanzarán la armonía de su diversidad más que a través de la renuncia implícita
a todo gran proyecto político, sería la punta de lanza de cualquier nuevo
colonizador. (No es por casualidad que las superpotencias se hacen una cierta
idea de Europa unida...dentro de su área de influencia).
Hacemos frente a una doble exigencia. Por una parte, dar satisfacción a las
legítimas reivindicaciones de los pueblos de Francia desposeídos históricamente
de sus valores y sus culturas. Por otra parte, no olvidar el objetivo primordial
de hacer de Europa, no una asamblea "ideal" de pequeños enclaves roussonianos
sumisos al control de las superpotencias, sino de una verdadera fuerza con
destino mundial. La articulación de estos proyectos no es ni muchos menos
evidente. Las fronteras de sangre y las fronteras de la historia son las dos
bien reales. Es necesario hacer algo para que puedan coincidir, y no negar la
existencia de la nación para el sólo provecho de las regiones, o la existencia
de las regiones para el único beneficio de la idea nacional. Entre jacobinismo y
separatismo, otra opción es posible. ...
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