Entre jacobinismo y separatismo

Robert de Herte

Francia es una nación que un Estado creó. Para "agrandar su extensión", fue necesario someter a diferentes pueblos, disolver diferentes culturas en el seno de una misma civilización. La centralización, promovida por la monarquía, seguida por la República, se ha realizado en detrimento de las regiones provocando un empobrecimiento cultural y humano. Al mismo tiempo, aparece como la condición para la unidad nacional, que se encuentra por otro lado configurada a base de mitos, de imágenes gloriosas y de proyectos exaltantes. Hoy, la nación redescubre su diversidad. Individuos y colectividades buscan en su herencia aquello que ya no pueden encontrar a escala nacional. Detrás del pueblo francés, reaparecen los pueblos de Francia. El problema "regionalista" queda así planteado. En la base del regionalismo, una actitud fundamentalmente sana: el deseo de enraizamiento. En una civilización cada vez más cosmopolita, más igualitarista, más anónima, resulta inevitable y a la vez deseable que crezcan los islotes de resistencia regional y se expanda poco a poco la idea de una Europa de los pueblos.

Pero como todo movimiento, el movimiento regionalista tiene sus límites. El poder regional, no lo olvidemos, no es el poder de dirigir los asuntos de una región sin importar qué sentido, sino de dirigirlos en el sentido de los intereses del pueblo que habita esa región y en conformidad a sus valores específicos. El poder político no puede tener otra significación que el de la consagración y la finalización del poder cultural expresado en la unidad orgánica de la comunidad popular.

Por su parte, algunos rehacen una Europa "de salón". Esbozan mapas ideales, donde cada región coincide con una cultura étnica. Su visión es tan maravillosa como impracticable, por la simple razón que parten siempre de un ideal, fuera de lo posible, sin ninguna otra reflexión estratégica sobre las "hojas de ruta" necesaria.

Hablar de federación europea es excelente. Pero no hay federación posible sin federador. ¿Quién podrá ser el federador de Europa? ¿Bajo qué circunstancias? Europa se encuentra constituida actualmente en Estados Nacionales, cuya disposición a deshacerse de sus prerrogativas es nula. ¿Cómo imponérselo? Por
lo demás, la existencia de Estados Nacionales no significa todo inconvenientes, en la medida en que uno o varios de estos Estados pueda ser un núcleo de resistencia a las superpotencias. Europa no es una idea abstracta. Es una pieza de la geopolítica mundial, que, como tal, se mide en términos de poder. Europa no tiene sentido más que como proyecto de superpotencia, es decir, no un conjunto interdependiente (como gran mercado, por ejemplo), sino como fuerza autónoma. Una Europa "a la Suiza", donde los europeos, en tanto que "suizos", no alcanzarán la armonía de su diversidad más que a través de la renuncia implícita a todo gran proyecto político, sería la punta de lanza de cualquier nuevo colonizador. (No es por casualidad que las superpotencias se hacen una cierta idea de Europa unida...dentro de su área de influencia).

Hacemos frente a una doble exigencia. Por una parte, dar satisfacción a las legítimas reivindicaciones de los pueblos de Francia desposeídos históricamente de sus valores y sus culturas. Por otra parte, no olvidar el objetivo primordial de hacer de Europa, no una asamblea "ideal" de pequeños enclaves roussonianos sumisos al control de las superpotencias, sino de una verdadera fuerza con destino mundial. La articulación de estos proyectos no es ni muchos menos evidente. Las fronteras de sangre y las fronteras de la historia son las dos bien reales. Es necesario hacer algo para que puedan coincidir, y no negar la existencia de la nación para el sólo provecho de las regiones, o la existencia de las regiones para el único beneficio de la idea nacional. Entre jacobinismo y separatismo, otra opción es posible.  ...
 

 
Revista Elements, otoño de 1975

 

 

 

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