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A la
pregunta: « ¿La gente tiene el derecho de saberlo todo? », M de Virieu, famoso
periodista de la televisión respondió con un categórico « no ». Según el,
ciertas cosas deben permanecer ocultas a las ojos de la opinión pública.
Entonces
resultará cada vez más dificil de publicar ciertos datos que se salen de los
ordinario y que, en un sentido general, no prueban una cierta « discrección ».
Para el historiador, el sociólogo o el escritor el problema de la autocensura es
absolutamente indisociable de la «objetividad» y muchos, como M. Howard Zinn, ya
no se hacen ilusiones: «¿objetividad? Siempre intentamos evitar expresar un
cierto punto de vista. Sabemos que un historiador (o un periodista, alguien que
cuente una historia) está obligado a elegir, entre un número infinito de hechos,
los que hace falta presentar y aquellos otros que conviene omitir. De esta forma
refleja, de manera consciente o inconsciente, sus intereses». ¡Sólo nos quedaría
abandonar el intento y seguir los consejos de M. de Virieux!
¡Pues vayamos a los hechos! Aquí tenemos uno que no dejará de sorprendernos. El
único inconveniente es que está ligado a un poeta extraordinario, emblemático,
héroe de la lucha antifascista en la Guerra Civil española. En cierto modo, un
símbolo de la hagiografía progresista del siglo XX. Un intocable, vamos.
Entonces, ¿qué actitud adoptar? ¿Hacer prueba de «objetividad»? Juzguen ustedes
mismos.
La semana pasada, fui invitado por una asociación filantrópica londinense para
participar en una serie de conferencias sobre el poeta español, Luis Cernuda. El
gran salón del hotel en cuestión, situado en pleno centro de la City, desbordaba
en eruditos, profesores de universidad, especialistas, poetas y escritores. El
trajín entre las diferentes salas de conferencia y el hall central fluctuaba
según la reputación y habilidad de los conferenciantes. Oí que un profesor de la
Universidad de Salamanca presentaba un trabajo muy sobresaliente sobre Machado.
Tenía diez minutos de espera, por lo que decidí echar un vistazo.
Acababan de presentar, creo, a los intervinientes y al presidente de una
asociación seguido de un breve discurso. El profesor de Salamanca esperaba
detrás de él, un tanto nervioso y rostro crispado. Yo seguí el programa : « Lo
rural en la obra poética de Antonio Machado», presentado por Eugenio Vazquez. No
tenía ninguna idea preconcebida y me senté cerca de la puerta. Coloca sus
apuntes delante y comienza su exposición después de un breve saludo de cortesía.
Un hombre de unos sesenta años se levanta a mi lado y lanza una protesta
enérgica que petrifica a la concurrencia. « - Sr. Vazquez, ¡tenga la amabilidad
de hablarnos esta vez de lo incofesable! ». Se para, esboza una sonrisa a sus
más cercanos oyentes e intervinientes que le siguen observando y vuelve
serenamente su faz hacia el gran estrado. Estos ambientes eruditos ingleses
rebosan a excéntricos y no es del todo extraño este tipo de interrupciones. El
profesor reanuda su discurso por donde lo había dejado.
«- ¿No es un acto de pedofilia desvirgar a una niña de 13 años? », reclama el de
mi lado. « ¡Que la niña sea su esposa no atenúa para nada lo ocurrido! ».
Murmullos de escándalo atraviesan la sala. El conferenciante se quita las gafas
y responde que no puede tolerar un ultraje a un artista de excepción.
El otro agita un catálogo.
« - ¡Lea! exclama él. ¡Lea, página 123 de su folleto! Se dice que Leonor
Izquierdo, la niña desvirgada por Machado, quien tenía 33 años, fue su esposa
después del 30 de julio de 1909. Se dice que tenía 16 años el día de su
casamiento con el poeta sevillano. ¡Es falso! ¡Es una falsificación de la
historia! ¡La niña tenía en realidad 13 años el día de su matrimonio!. Aquí
tengo las copias de su partida de nacimiento. Leonor moriría tres años después
de esta unión, el 1 de agosto de 1912, debido a «complicaciones pulmonares».
Apenas tenía diecisiete años y con una intensa vida conyugal, ¿por qué
dudarlo? »
« - ¡Es repugnante! gritó alguien. ¡Que le saquen fuera! ».
« - Les leeré un extracto de una carta del poeta a su amigo Pedro Chico, escrito
unos años después de la muerte de la pequeña: « Si la felicidad es algo posible
y real -ahora que lo pienso- lo identificaría mentalmente con los años de vida
pasados en Soria y al amor de una mujer, cuyo recuerdo constituye la base más
solida de mi alma».
Un impresionante silencio cubre por un instante la reunión. Uno de los
conferenciantes toma la palabra:
- ¡Ya ve cómo se amaban!
- ¡No entres aquí si no eres geómetra ! le respondió el "aguafiestas".(1)
- ¡Pues claro, Señor, pues claro!
- ¿La naturaleza del amor de una niña de 13 años es o no fundamentalmente
diferente de un hombre que pasa la treintena? Deberían saberlo.
El conferenciante mete la nariz en sus apuntes y guarda un silencio culpable.
Es entonces que el hombre fue expulsado de la sala.
Yo salí y le abordé. Me mostró las fotocopias del acta de nacimiento de Leonor
Izquierdo y me dijo que sus padres, originarios de Soria, habían dado su
consentimiento a esta unión. Las autoridades civiles y religiosas tampoco
mostraron oposición alguna al enlace.
Durante los días siguientes realicé algunas pesquisas y descubrí que la historia
de este hombre era cierta.
Londres, el 20 de enero de 2004
(1) Célebre frase que Platón hizo colocar a la entrada de su Academia, tal vez
porque creía que era imposible llegar a sabio sin el conocimiento previo de las
matemáticas ¿influencia pitagórica? (n. del T.).
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