Los humanos damos sentido a nuestras vidas contando historias, y las
herramientas de la narrativa de ficción tienen un gran valor a la hora de poner
los hechos en contexto, especialmente cuando el contexto es algo tan desconocido
como las secuelas del cenit del petróleo para la mayor parte de la gente del
mundo industrializado. Por eso he esbozado un par de ideas sobre como puede ser
la vida para una familia media americana en el futuro desindustrializado. Nos
encontramos en el 2050, unos 40 años después del cenit del petróleo, durante un
respiro a una de las primeras olas de debacle catabólica.
*****
Jane metió el pastel en el horno, ajustó el cronómetro y se permitió una
sonrisa. Aunque se apellidaba "Mediano", por cortesía de algún empleado de
inmigración en la isla de Ellis, que confundió el apellido eslavo del
tatarabuelo de su marido, se sintió mejor que la media en aquellas Navidades. De
hecho se sentía afortunada. Habían conseguido un pavo para el Día de Acción de
Gracias y un jamón navideño, por primera vez desde la guerra, y aunque habían
tenido que ir ahorrando en cupones de racionamiento durante todo el año para
poder lograrlo, tampoco se lamentaba de todas esas cenas a base de calabacines y
alubias de la granja. Había regalos para los niños, velas en la mesa, y
alimentos de sobra para todos: como en los viejos tiempos.
Por primera vez en años, todo parecía que iba bien y el futuro no parecía tan
amenazador. Ella y Joe tenían buenos trabajos en una planta recicladora de
metales; ella hacía labores contables, y a él le acababan de ascender para
capataz en su turno de trabajo. Nada de lo que hacía su empresa estaba a punto
de alcazar un cenit como el del petróleo años antes, por lo que sus actuales
ocupaciones se mantendrían por un tiempo. La inflación había bajado hasta el
20% por año desde la última reforma monetaria, lo cual ya supuso un gran logro.
El alimento aun era caro, pero al menos podías contar con él, y la electricidad
era más barata desde que la nueva planta de energía solar se instaló la pasada
primavera. En definitiva, las cosas marchaban.
"¿Cariño?" se oyó a Joe, llamando desde el salón. "Todo el mundo está listo".
"El pastel ya está. Ya voy," respondió mientras se quitaba la manopla para el
horno y salía de la cocina hacia el salón donde Joe y los niños la esperaban.
Los recuerdos de la niñez de Jane chocaron contra la pequeña estancia en forma
de cuarto de estar, con su única bombilla alumbrando desnuda y la radio sonando
música navideña desde una esquina. Hasta entonces, Navidad significaba nieve,
luces de colores, el aroma balsámico del árbol de Navidad, montones de
familiares venidos de todos los sitios, ruido del entretenimiento de la televisión y los
videojuegos como fondo. Todo eso se había acabado, por supuesto. Jane no había
vuelto a ver la nieve desde el repunte del metano del año 24, que volvió al
clima totalmente azaroso. La electricidad era demasiado cara como para gastar en
luces navideñas, y nadie corta árboles estos días, aunque ya no supone un delito
con penas en campo de trabajo, como cuando el fuel se agotó durante la guerra.
Viajar atravesando el país era ya propio de soldados, prisioneros, agentes
gubernamentales, y los muy ricos. La televisión también era demasiado cara para
el común de la gente, el gobierno y el ejército acapararon lo que quedaba de internet después de la guerra electrónica y la escasez de energía eléctrica
terminó con el resto. Aun así, había postales y decoración en el estante
navideño, y calcetines para colgar de la
chimenea.
Siempre abrían un regalo especial cada Nochebuena, pero los calcetines tenían
que salir primero, lo que traía tristes recuerdos. Ella y Joe colocaron los
suyos y se apartaron para dejar paso a Joe junior. Tenía tres calcetines en sus
manos: uno para él mismo y dos para los niños que habían perdido. Con toda la
solemnidad que un niño de doce años puede aparentar, puso los calcetines en sus
ganchos: uno para él, otro para Cathy, que murió a los tres años de una
neumonía resistente a los antibióticos y otro para Brett, que murió a la edad
de ocho cuando unas fiebres hemorrágicas aparecieron en el año 45. También se
apartó y se volvió para mirar a los cuatro que se encontraban allí.
Molly no era hija de Jane, aunque a veces les costaba tener que recordarlo. Ella
era la hija de sus amigos Bill y Erica. Bill era broker de la bolsa de futuros
financieros al que pillaron destruyendo información en el crack del 41, así que
fue a un campo de trabajo y murió allí. Su mujer que estaba embarazada fue a
vivir con Jane y Joe, dando a luz a Molly, y murió de la misma epidemia que
Brett. Así que Molly tenía tres calcetines para colgar, también. Era muy pequeña
a sus ocho años y tuvo que estirarse para poder colocar los calcetines en sus
ganchos.
Una vez que los calcetines estaban todos en su sitio, Joe cruzó la habitación
hacia su sillón, se sentó con una mueca, y cogió cuatro pequeños paquetes de
debajo de la mesa del extremo con el mismo aire del mago que saca el conejo de
la chistera. Cada una estaba envuelta en un trozo de tela brillante. Jane
recordó el papel de regalo en su juventud, que se usaba una vez y se tiraba, y
se preguntaba por qué nadie incluso en esos días ponía inconveniente a ese
dispendio. ¿No tenía la gente nada mejor que hacer con todo el dinero que solían
tener?. Jane era mas sensata; una vez que los regalos de la familia Mediano se
habían desenvuelto, los envoltorios de tela volvían al cajón de donde habían
salido.
Joe Junior fue el primero en desempaquetar su regalo. "Que chachi", expresó en
tono comedido. "Míralo". La
regla de cálculo relucía según desplazaba su parte
móvil por entre los números. Tenía talento para las matemáticas, según decían
sus maestros, y había ganado una regla de cálculo económica en un concurso
cuando el Gobierno lanzó una Iniciativa Sostenible hace dos años. El Gobierno
estaba siempre lanzando Iniciativas Sostenibles, pero esta tenía de hecho algún
sentido: las calculadoras electrónicas de bolsillo cuestan más o menos lo que un
mes de salario actualmente, y se dice que algunos de sus los minerales
utilizados como componentes estaban a punto de alcanzar su cenit de extracción.
Jane sabía lo que eso significaba, por lo que ella y Joe estaban trabajando
horas extras para conseguir una profesional para Joe Junior. Necesitaría
destrezas técnicas y un trabajo que le eximiera de ir al ejército, ya que los
que iban al ejército volvían a casa mutilados o muertos con demasiada frecuencia
como para conseguir alguna oportunidad.
Los envoltorios del regalo de Molly fueron abiertos poco después para
descubrir dos libros con cubierta colorida pero endeble. Jane observó el atisbo
de decepción antes de que la niña forzara una sonrisa. Molly no había alcanzado
las notas de corte para acceder a la escuela normal, y desde la guerra, eso
significaba no ir a la escuela a no ser que consiguiera aumentar su puntuación
para el siguiente año. Era una chica muy brillante para las cosas prácticas, y
buena para las matemáticas, pero la lectura era su asignatura pendiente. Una de
las ancianas del lugar que se mantenían a base de cuidar y enseñar a los niños
del barrio afirmaba que Molly sufría dislexia, pero lo que significaba y como
tratarla, era algo totalmente desconocido para Jane. Le dio a Molly un fuerte
abrazo, con la esperanza de que lo entendiera.
Ella y Joe abrieron sus regalos, sabiendo que cada uno de ellos contenía algo
que ya tenían, una de las corbatas de Joe y unos pendientes de Jane, envueltos a
última hora de la noche de forma que los niños no los descubrieran. Después de
la regla de cálculo, los libros de Molly, y el jamón, ya no había dinero para
más lujos. El resto de los regalos, los que estaban preparados para la mañana,
era ropa y otras necesidades. Siempre lo eran; tendrían que llegar mejores
tiempos para cambiar eso.
Un repique de la cocina captó la atención de todos. "Esa es la tarta", dijo.
"Esa es la tarta", dijo. "El primero que ayude a poner la mesa recibirá una
ración extra." La ración fue para Molly, claro, aunque Joe Junior siguió el
juego, corriendo hasta la cocina y luego perdiendo a posta. Jane y Joe les
siguieron a un paso menos acelerado. Entre los cuatro pusieron la mesa en
minutos: melón con jamón, patatas asadas, repollo, puré de zanahoria, un plato
de dulces caseros navideños, y la tarta de calabaza humeando aun sobre la
encimera: había más comida reunida que todo lo que Jane pudo pensar que volvería
a ver durante la guerra, suficiente para quedar todos más que llenos, para
variar. La vajilla y los cubiertos de plata eran de Bill y Erica, todo recuerdos
del siglo XX.
Dieron la bendición de rigor, un viejo hábito que no habían abandonado. Jane y Joe
pertenecieron en su día a una de esas iglesias cristianas, pero lo fueron
dejando a medida que lo que quedaba de religión se desvió hacia la propaganda
política a favor de una de los partidos de preguerra, no recuerda cual de ellos.
Ahora se podían ver muchas iglesias completamente vacías o reconvertidas hacia
otros usos. La mayor parte de la gente realmente religiosa que conocía Jane
pertenecían a alguna otra fe, Budista, Gaiana, Siete Poderes, o vete a saber. Se
había planteado más de una vez ir a la iglesia Gaiana al final de la calle. Los
Gaianos se cuidaban por sí mismos, y eso le atraía mucho.
Mientras llenaba los platos de comida, echó un vistazo por la ventana. La lluvia
de este diciembre templado salpicaba los cristales, difuminando las ventanas del
edificio de apartamentos al otro lado de la calle en una especie de rectángulos
amarillos y convertía las calles sin iluminación en verdaderas tinieblas. Joe
Junior charlaba sobre su regla de cálculo y sobre sus esperanzas de conseguir
unas prácticas junto a un ingeniero algún día. Jane se fijó fugazmente en Molly
al otro lado de la mesa, y vio como pasaba de la sonrisa forzada al aspecto más
familiar de decepción en sus ojos.
De alguna forma algo así es lo que le traían los recuerdos que le afloraban:
memorias de las Navidades durante la infancia de Jane, cuando su familia vivía
un una casa de las afueras suburbanas y el mundo todavía parecía funcionar.
Recordaba los muñecos de nieve en el patio y deslizamientos calle abajo; el gran
árbol de Navidad en la esquina del cuarto de estar que era de por sí más grande
que el apartamento donde vivían ahora, reluciendo con luces y decorado; cenas en
las que las sobras eran más de lo que cualquiera podía comer; conduciendo,
¡en un coche como los ricos!, hacia una lugar muy iluminado y en las afueras
denominado centro comercial, donde cualquier cosa que pudieras pensar se podía
comprar con dinero que ni tan siquiera habías ganado aun; regalos que no tenía
ningún uso en el mundo más allá del mero placer de llevarlo a la vista de un
niño; todos los más extravagantes dones de un mundo que ya no existía más.
Sus ojos se le llenaron de lágrimas, pero eran lágrimas de ira. ¿Por qué,
maldita sea?. Lanzaba la pregunta a sus recuerdos, a las caras limpias y bien
alimentadas de su niñez. ¿Por qué tuviste que derrochar tanto y dejar tan poco?.
Joe vio las lágrimas, pero las malinterpretó. "Bonito, ¿verdad?, como en los
viejos tiempos".
Le costó mantener la sonrisa. "Si. Claro que sí". |
|