LAS DOS PATRIAS

Jean de Viguerie (*)

Toda historia de la idea de la patria es vana, si no somos capaces de distinguir los dos sentidos de la palabra. La primera es el sentido tradicional conforme a su etimología. La palabra "patria" del latín medieval, y la palabra "patria" adoptada por la lengua francesa en el siglo XVI, designando la tierra de los padres, el país de nacimiento y de crianza. El amor a la patria, la palabra patriotismo aun no existía, aportaba a Francia los deberes de fidelidad y respeto. La patria era Francia. Francia era un ser moral dotado de virtudes. Lo franceses recordaban a menudo estas virtudes de Francia y querían aparecer dignos ante ella. En caso de guerra algunos de ellos aceptaban sacrificar incluso sus vidas. Pero no existía ninguna obligación para el común de los ciudadanos de morir por la patria solo porque se lo pidiera el soberano.

El segundo sentido de patria podría ser calificado de revolucionario. Se va puliendo poco a poco a lo largo de los siglos diecisiete y dieciocho. La nueva patria es ante todo la de los libertinos, todo país donde uno se encuentra bien. Pronto se convertirá para los filósofos de la Ilustración en todo país donde nos encontremos bien por la virtud de los "derechos del género humano". En fin, terminará viéndose realizada plenamente en la patria de la Revolución, es decir en la de los derechos del hombre. Esta patria ya no es la misma Francia, y Francia no representa para ella más que un apoyo e instrumento. El patriotismo de esta otra Francia la diviniza, la adora, la coloca más allá de todo, declarando a sus enemigos un odio mortal y exige para cumplir su misión la vida de todos sus ciudadanos. Vemos que el segundo sentido no tiene nada que ver con el primero.

Por tanto los franceses, aunque conservaban el primero, también acabaron adoptando el segundo, llegando incluso a confundirlos. Tanto como para llegar a ver en Francia la patria revolucionaria, y de consagrar para su país natal la pasión exclusiva y frenética exigida por la patria jacobina, se han puesto a amar a Francia tal y como la patria revolucionaria les exigía, es decir, como a Dios. Los valores y las energías del patriotismo natural se han desviado de su objetivo y movilizado al servicio de una patria que no es Francia, que no es más que una utopía. En definitiva, la patria revolucionaria ha reemplazado a Francia, pero sin ser conscientes de ello. Esto fue el resultado de una larga manipulación. Hábiles servidores de la ideología de los derechos del hombre, los políticos de los regímenes sucesivos desde el Imperio hasta la Quinta República, hablan sin cesar de la querida Francia inmortal, haciendo un gran trabajo de confusión espiritual. Sin embargo otros les han facilitado la tarea. Los historiadores han presentado el patriotismo revolucionario o bien como el primer patriotismo francés digno de ese nombre, o bien como la plena realización del patriotismo tradicional. Los militares, el clero y los grandes escritores nacionales han exaltado la Francia guerrera y lo grandioso de morir por la patria. Sin ellos la patria revolucionaria jamás hubiera convencido a los franceses. Sin ellos ella no hubiera podido jamás hacer creer que era la verdadera patria, que ella era realmente Francia. Esta patria no era más que un mito, pero personalidades respetables, generales, obispos y académicos la han presentado como una realidad, la realidad de Francia. Por ella se debía hasta morir.

El engaño culminó con las guerras mundiales del siglo XX, y especialmente la de 1914-1918. Se les dijo a los franceses en 1918 que era "la guerra del derecho" y se lo creyeron. Y sobre todo llegaron a creerse que la "guerra del derecho" era realmente la guerra de Francia. Entonces han utilizado todo su coraje, y se fueron a dejar matar por centenares de miles para la causa de la patria revolucionaria. Estas incontables vidas sacrificadas dieron ciertamente a Francia los territorios de Alsacia y Lorena, pero sirvieron principalmente para la expansión de la ideología de los derechos humanos.

Tamaño holocausto debiera haber horrorizado a las conciencias de los supervivientes y a partir de entonces inspirar rechazo hacia esa divinidad ávida de sacrificios sangrantes. Sin embargo nada de eso ocurrió. Al contrario, sucedió como si la sangre humana hubiera humanizado a la diosa, y hubieran caído las últimas prevenciones. Uno de mis amigos, de familia "royalista" y católica, nos contaba un día la siguiente anécdota: cuando solo tenía doce años, durante la segunda guerra mundial, su hermano menor y él mismo gustaban de cantar a viva voz la letra de la Marsellesa y el del Canto de la Despedida. Un día su madre, al oírles, les dijo "Antes no nos gustaban estas canciones en nuestras familias, puesto que eran canciones revolucionarias, pero ya las aceptamos desde que en la guerra del 14 murieran muchos de nuestros soldados cantándolas".

Tras la muerte de los soldados, llegaría la muerte del país mismo: al terminar el siglo veinte entramos en la fase postrera, la de la desaparición de Francia. El patriotismo revolucionario lleva trabajando en ello largo tiempo. Sabemos a ciencia cierta que los hombres de la Revolución, y sus sucesores discípulos del siglo diecinueve, soñaban una Francia absorbida dentro del género humano. Pero aun necesitaban a Francia y la sangre de los franceses para imponer a los países esclavizados la ideología liberatriz de los derechos humanos. Hoy esta ideología reina en todo el universo. Ya nos encontramos ante otra situación completamente distinta. Preservar Francia ya no tiene ningún interés. Podríamos incluso considerar su eventual supervivencia como un obstáculo para la realización de la patria mundial confundida con el género humano. Es necesario acelerar su desaparición. Lo cual no es muy difícil, puesto que ya había muerto. Las guerras, los enfrentamientos y las depuraciones del patriotismo revolucionario la han vaciado de substancia. El sacrificio de los franceses ha preparado el sacrificio de la propia Francia.


Era ya hora de decir ciertas cosas, por lo que hemos escrito este libro.

 
(*) Les deux patries Ed. Dominique Martin Morin, isbn 2-85632-229-7

 

 

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