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Cada cultura tiene algún lugar distante en el tiempo o el espacio donde
destellan sus sueños de un mundo perfecto, y la nuestra no es una excepción. Los
devotos cristianos en la Edad Media imaginaron un cielo en algún lugar más allá
de los confines de la esfera de los cielos, donde los ángeles y las almas
bendecidas cantaban en perfecta armonía bajo la presencia de Dios, lejos del
bullicioso mundo terrenal y su modesto mundo material. Algunos siglos antes, los
antiguos Griegos también cantaban a la edad Dorada que se dio en algún momento
del lejano pasado cuando de los campos brotaban las cosechas sin necesidad de
intervención humana y el mundo estaba en paz bajo el dominio del antiguo y sabio
dios Kronos. Nosotros también tenemos nuestro cielo y nuestra Epoca Dorada, pero
a diferencia del resto de culturas la situamos en el futuro, y nos creemos que
nos estamos moviendo cada vez más hacia el Paraíso con cada día que pasa. Otras
culturas depositan su fe en los dioses, las estrellas o los ciclos cósmicos;
nosotros tenemos fe en el progreso.

No creo que esté exagerando, si denomino a la creencia en el progreso como la
religión dominante del mundo moderno. Para la mayor parte de la gente de hoy en
día, lo que importa del pasado es que es una historia del progreso, un vasto
movimiento ascendente desde la brutal miseria de un pasado primitivo al
esplendor Prometeico de un futuro de ciencia-ficción entre las estrellas. En el
imaginario moderno, el presente es por definición mas grande y mejor que el
pasado, de igual forma que el futuro será por definición más grande y mejor que
el presente. Para los creyentes en el progreso, denominar a algo "nuevo" es
definirlo como "mejor", mientras que lo que es viejo es por definición
insuficiente.
La intensidad de nuestra fe en el progreso se puede medir por la forma en que
restamos importancia a los logros de las civilizaciones pasadas para hacernos
ver a nosotros mejor y más inteligentes; por ejemplo, los libros de historia al
uso todavía insisten en que la mayoría de los contemporáneos de Colón creían en
la tierra plana, aunque esta fábula ha sido desacreditada incontables veces. El
futuro está aun más sujeto a distorsión en nombre del mito. Incluso aquellos que
creen que la historia del progreso llegará a su final insisten en que el final
de nuestra civilización llegará con mayor espectacularidad y eco que cualquiera
otra pasada.
Utilizar la palabra "mito" para nuestra fe en el progreso, puede llevar a
equívoco, ya que la mayor parte de la gente piensa hoy en día que un mito es una
historia sobre el mundo que no es cierta. Otras culturas tenían mitos, asegura
el moderno saber, pero no nosotros; nosotros tenemos hechos. Puedes encontrar
libros que insisten en que el mundo moderno sufre de "amitismo", una falta
patológica de mitos. Nuestra palabra "mito", sin embargo, viene de "muthos", una
palabra griega que originalmente significa "relato". Desde temprano se empezó a
usar para contar los cuentos más importantes, los que usaba la gente para
explicar quienes son, de donde vienen, adonde van, y los poderes que los guían
en su recorrido vital y los que dan un sentido a ese itinerario. Los mitos
griegos hicieron esto por los antiguos griegos, la teología cristiana lo hizo
para la Edad Media y la fe en el progreso lo hace por nosotros. El hecho de que
un puñado de países hayan experimentado un gran progreso en los últimos siglos
no nos previene de que el progreso cumpla una función mítica. Lejos de ello, el
mito del progreso, como cualquier mito, tiene poder sobre la mente humana porque
sus creyentes pueden señalar ejemplos donde está funcionando de hecho.
Cualquier mito lleva aparejado sus propios valores y su propia agenda, y el mito
del progreso no es una excepción. Pero creer en el progreso, en el sentido
moderno de la palabra, es creer que la historia tiene una dirección
predeterminada que nos ha de llevar hacia él. Prestad atención a la forma en que
la gente utiliza los periodos históricos como una forma de clasificar las
culturas de otros pueblos como inferiores; por ejemplo, cuando decimos que los
pueblos cazadores y recolectores del Tercer Mundo aun se encuentran en la Edad
Media, mientras que solo los países industrializados se encuentran en el siglo XXI. Por supuesto que esto es un sinsentido, pero es un sinsentido que tiene un
objetivo. Admitir que los cazadores-recolectores y los musulmanes forman parte
del siglo XXI como nuestras sociedades industriales, puesto que de hecho lo son,
desmonta al mundo industrializado su reclamo de ser la lógica culminación de la
historia. Se podría decir que los cazadores-recolectores del Kalahari suponen la
culminación de la historia, y hasta cierto punto lo es, ya que su modo de vida
es mucho más sostenible que el nuestro.
Creer en el progreso, es por tanto, creer que cualquier trayectoria que nuestra
civilización ha podido seguir es la correcta, ya que es la más avanzada y por
tanto mejor que la seguida por sociedades menos evolucionadas, y por esa misma
razón deberemos seguir haciendo como lo hemos hecho hasta ahora. La fe en el
progreso nos proporciona fuertes justificaciones para mantener el status quo,
cualquiera que sea, y permite que cualquier intento de elegir una trayectoria
diferente para nuestra civilización sea calificada de "regresiva", que para los
creyentes en el progreso es un pecado imperdonable.
El mito del progreso también implica que cualquier cosa que nuestra civilización
industrial haga bien es lo más importante que puede hacer la humanidad, y
cualquier cosa que no se haga bien en nuestra civilización entonces no cuenta.
Esta creencia permanece anclada en nuestro imaginario aunque cambien los
detalles. En el siglo XIX, por ejemplo, muchos creyentes en el progreso
señalaban la literatura, la filosofía, la música y el arte occidentales como
evidencias de que nuestro mundo era más avanzado y por tanto mejor que cualquier
otro. La literatura, la filosofía, la música y el arte del siglo XX no alcanzan
los niveles de calidad medios del siglo XIX, sin embargo la ciencia y la
tecnología del siglo XX han sobrepasado con creces las marcas alcanzadas en el
siglo que le precedió, así que inevitablemente nuestros contemporáneos señalan
insistentemente a nuestra ciencia y tecnología como pruebas de lo que hemos
avanzado y por tanto nos encontramos mejor que en cualquier otro momento. Es
decir, que como ocurre con la mayor parte de creencias, sus creyentes eligen sus
propias evidencias y ofrecen sus propias justificaciones.
Todo esto cumple un importante papel que jugar a la hora de sortear los
problemas que la sociedad industrial nos plantea, ya que para salir del callejón
de la dependencia de los combustibles fósiles que se están agotando rápidamente,
no podremos huir hacia adelante por el camino que hemos estado siguiendo. Casi
sin excepción, el progreso tecnológico del último siglo se volverá hacia atrás
ya que su pilar fundamental, el petróleo abundante y barato, se acaba, y casi
todos los fenómenos sociales y culturales que crecieron al albur de la
tecnología petrolífera también se esfumarán. Creo que tras sobrepasar el pico de
Hubbert del petróleo será forzosa una vuelta a la tecnología del siglo XIX, y
que el lento agotamiento del carbón y otras fuentes no renovables ayudarán a
este proceso regresivo, devolviendo al mundo occidental a unas formas
tecnológicas y sociales similares a las existentes para cuando comenzaba el
proceso de revolución industrial.
¿Qué ocurrirá con la fe en el progreso en una época de evidente regresión
tecnológica, cuando coches, computadoras y pisadas en la luna pertenezca ya a
glorias del pasado?. Sin lugar a dudas que los más recalcitrantes dirán que
cualquier cosa que la civilización desindustrializada haga bien es lo que
cuenta, y por tanto es una evidencia más del progreso. Ya lo estamos viendo en
esta primera ola de defensores de tecnologías verdes que afirman que sus
tecnologías son más avanzadas y más progresistas que las alternativas hasta la
fecha. La religión del progreso ha dominado durante los últimos tres siglos
porque ha ido consiguiendo lo que prometía, llenando nuestras vidas con
maravillas tecnológicas lo suficientemente asombrosas como para distraernos de
lo que hemos tenido que sacrificar a cambio de nuestro mundo, de nuestras
comunidades y de nosotros mismos.
Cuando el desfile de maravillas termine, el impacto sobre la cultura
industrializada podría ser dramático. Si, como sugiero, el progreso es la
religión no reconocida del mundo industrializado, la incapacidad de sus profetas
para seguir produciendo los milagros esperados podía hundir a mucha gente en una
crisis de fe sin fácil salida. En el pasado, las gentes que se veían
desprovistas de su vieja religión, han respondido de muy diversas maneras:
algunos lanzaron movimientos de revitalización para renovar su vieja fe, otros
abrazaron nuevas visiones del destino o importaron tradiciones del extranjero, y
otros simplemente se retrajeron hasta la muerte. Sobre cual de estas reacciones
resultará ser la más común puede que tenga importantes efectos para el
desarrollo de la historia de la era desindustrial que se avecina. |
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