Los efectos del huracán Katrina en la ciudad de
Nueva Orleans, con los testimonios recogidos del caos social u orden neotribal
resultante, plantean la aparición de lo que Richard J. Norton denominó "feral
cities" (ciudades salvajes).
Imagínense una gran
metrópolis que se extienda por muchos kilómetros cuadrados. Lo que en su día fue
un componente de la economía nacional, este entorno urbano incontroladamente
expandido se convierte ahora en un basta colección de edificios deteriorados,
una incubadora gigante de todo tipo de enfermedades, conocidas y nuevas, un
territorio donde la fuerza de la ley ha sido sustituida por una cuasi-anarquía
en la que la única seguridad es la disponible a través de la fuerza bruta. Este
tipo de ciudades han sido comúnmente imaginadas en películas apocalípticas y en
ciertas películas de género ciencia-ficción, donde el tratamiento es una versión
gigantesca de la novela de T.S. Eliot "Tierra baldía". Y sin embargo esta
ciudad aun estaría conectada globalmente. Poseería un mínimo de intercambios
comerciales, y algunos de sus habitantes tendrían acceso a los sistemas de
comunicaciones y de tecnologías de información. Sería, ciertamente, una ciudad
salvaje.
Hay que reconocer que el propio término de "ciudad salvaje" es a la vez
provocativo y controvertido. Sin embargo la descripción ha sido elegida
deliberadamente. La ciudad salvaje pudiera ser un fenómeno que nunca tendrá
lugar, sin embargo no podemos descartar que sea imposible su emergencia. El
termino sugiere, al menos en parte, la naturaleza de lo que pudiera convertirse
en una de los desafíos securitarios más difíciles para el nuevo siglo.
Durante la pasada década gran parte de la atención de los estudiosos se centró
en el fenómeno de los estados que se descomponían. Este otro asunto no se
estudió por la comunidad académica. Los líderes del mundo y las altas jerarquías
militares así como directores de organizaciones no gubernamentales y agencias
estatales han intentado conocer más sobre los estados en peligro de
descomposición, que se descomponían o descompuestos. La implicación de los
Estados Unidos por este tipo de problemáticas abarca todo el espectro: desde
expresiones de preocupación o cautelosas ayudas humanitarias hasta
intervenciones militares en toda regla. Sin embargo, ha habido una clara falta
de interés por el potencial surgimiento de ciudades descompuestas. Es sin duda
alguna sorprendente, ya que una ciudad salvaje puede ser una característica tan
común del paisaje global de la primera década del siglo veintiuno como los
estados en peligro de descomposición, descomponiéndose o en descompuestos lo
fueron en la última década del siglo veinte. Puede que sea prematuro sugerir que
una ciudad verdaderamente salvaje (con la posible excepción de Mogadiscio) sea
posible encontrarla en cualquier lugar del planeta hoy en día, pero todo apunta
a que, muy próximamente este tipo de ciudades serán fáciles de encontrar.
Este artículo tratará de definir lo que es una ciudad salvaje. Después
describirá las características de este tipo de ciudades y dará razones para que
reciba atención internacional.
DEFINICIÓN Y ATRIBUTOS
Una ciudad es salvaje cuando una metrópolis con una población de más de un
millón de habitantes se encuentra en un estado en que su gobierno estatal ya no
es capaz de mantener el orden de la ley dentro de los límites de la ciudad y sin
embargo se mantiene vital dentro del sistema internacional.

En una ciudad salvaje los servicios sociales son del todo inexistentes, y la
gran mayoría de sus habitantes no tienen acceso ni a los servicios de salud o
securitarios más básicos. No hay ninguna red de seguridad social. La seguridad
humana se debe en gran parte a la iniciativa privada. Y sin embargo la ciudad
salvaje no está sumida en un completo caos. Algunos elementos, ya sean
criminales, grupos de resistencia armada, clanes, tribus o asociaciones de
vecinos ejercen varios grados de control sobre determinadas áreas de la ciudad.
Existen intercambios comerciales con otras ciudades, otros estados e incluso de
carácter internacional, pero la corrupción, la avaricia y la violencia son sus
sellos distintivos. Una ciudad salvaje mantiene elevados índices de enfermedades
y crea suficiente contaminación como para ser calificada de zona de catástrofe
medioambiental internacional. La mayor parte de las ciudades salvajes sufren una
hipertrofia urbana masiva, cubriendo una cantidad inmensa de tierra. La
estructura de la ciudad varía desde un núcleo simbólico de lo que fueron grandes
edificios de poder estatal y empresarial hasta los más marginales barrios de
pobres y de chabolas. Y a pesar de esas condiciones, estas ciudades continúan
creciendo, y la mayor parte de sus ocupantes no la abandonan voluntariamente.
Las ciudades salvajes ejercerán una atracción casi magnética por parte de las
organizaciones terroristas. Estas megalópolis ofrecen un santuario para grupos
de resistencia armada, especialmente aquellas con afinidades culturales con al
menos un segmento importante de la población de la ciudad. La eficacia y
portabilidad de los más modernos medios de información y comunicación permite
que actividades de terroristas, criminales o predadores y redes comerciales
corruptas a nivel internacional se coordinen y sean dirigidas con equipamiento
fácilmente obtenido en los mercados abiertos y transportados en furgonetas. El
enorme tamaño de una ciudad salvaje, con sus edificios, otras estructuras y
espacios subterráneos, ofrecerían una protección casi perfecta contra sensores
espaciales, ya sean satélites o aviones espías no tripulados. La población de
una ciudad representaría para estas sociedades una fuente de reclutamiento y una
red de inteligencia ya
preparada. En cambio reclutar a espías contra ellos en este entorno es una tarea
cuando menos desalentadora. Si la ciudad tiene a su disposición aeropuerto o
puerto marítimo, entonces este tipo de organizaciones serían capaces de importar
y exportar cierta variedad de mercancías. El ambiente de una ciudad salvaje hace
muy fácil para un grupo de resistencia armada que aun no tenía conexiones con
organizaciones criminales, que las empiece a tener.
¿QUÉ HAY DE NUEVO?
También
es cierto que siempre hubo áreas urbanas problemáticas tanto hoy como ayer.
También es cierto que las ciudades muchas veces han sido caldo de cultivo de
enfermedades. Bandas criminales han campado a sus anchas por áreas urbanas y
barriadas, la marginación y el chabolismo han sido parte del paisaje urbano.
Tampoco la contaminación urbana es algo nuevo, Londres ya es un entorno
ambientalmente tóxico desde los años 60. Entonces, ¿qué es lo diferente en una
ciudad salvaje?.
La diferencia más notable es que las fuerzas policiales del estado a veces
deciden no ejercer la fuerza de la ley en determinadas áreas urbanas, en una
ciudad salvaje estas fuerzas no son capaces de ejercer esa fuerza. Si una ciudad
salvaje tiene cierta importancia, por ejemplo, un gran aeropuerto o puerto
marítimo, será más fácil para el estado negociar el poder y el reparto de
ingresos derivados con los poderes de la ciudad para asegurarse que elementos
esenciales para la superviviencia del estado siguen operativas. En algunos
países, especialmente los que están en vías de desarrollo, incluso su fuerza
militar sería incapaz de imponer el orden legal en una ciudad salvaje. En otros
países, quizás los más desarrollados, sería posible utilizar la fuerza militar
para forzar la rendición de una ciudad salvaje, pero con un coste extremadamente
alto, y el resultado de la operación dejaría detrás de si un terreno de
escombros más que un lugar recuperado y con población residencial convencional.
Cualquier otra forma de control e influencia estatal sobre una ciudad salvaje
sería débil, y en un grado difícil de comparar a lo que conocemos. En una ciudad
salvaje, las órdenes judiciales no tienen efecto. De hecho, las autoridades
internacionales serán en gran medida ignorantes de la verdadera naturaleza de
las estructuras de poder, la población y las actividades que se desarrollan en
una ciudad salvaje.
Otra diferencia será el nivel y la naturaleza de la amenaza securitaria que
plantea una ciudad salvaje. Tradicionalmente, problemas de degradación urbana y
temas asociados, como el crimen, han sido vistos como asuntos domésticos que
debían ser tratados mejor por fuerzas policiales o de seguridad local. Este ya
no es el caso.
RAZONES PARA LA PREOCUPACIÓN
De
hecho, la mayor parte de las amenazas que comporta una ciudad salvaje deben ser
vistas como de carácter no convencional y transnacional por los que están
ocupados en la seguridad nacional. Entre las amenazas no convencionales está el
potencial de pandemias y degradación medioambiental masiva, y la certeza casi
absoluta de que las ciudades salvajes servirán como un importante punto de
intercambio de todo tipo de materias ilícitas.
Como ya hemos anotado, las pandemias urbanas no son nuevas. Y sin embargo el
ambiente tóxico de una ciudad salvaje puede ofrecer amenazas mucho más severas.
Una nueva enfermedad o una variedad de una enfermedad existente puede fácilmente
reproducirse y mutar sin ser detectada en una ciudad salvaje. Puesto que las
ciudades salvajes no están herméticamente cerradas, es fácil de imaginar una
virulenta epidemia mortal originándose en este tipo de lugares. El brote de SARS
(gripe asiática) del 2003 puede servir de ejemplo de ciudad (Guangdong, China)
que sirvió como patógeno incubador y lugar de origen de esta epidemia
intercontinental. En el caso del SARS, la existencia de esta enfermedad ha sido
rápidamente identificada, su origen velozmente descubierto, y la respuesta
médica no tardó en prepararse. Si esta enfermedad se hubiera originado en una
ciudad salvaje, este proceso hubiera sido mucho más complicado y hubiera llevado
mucho más tiempo. De esta forma, muchas enfermedades que se creían bajo control
han mutado recientemente hasta hacerse resistentes a las medicinas y mucho más
virulentos.
Globalmente hablando, las grandes ciudades colocan a su entorno local y regional
en posición de alerta medioambiental, y es un fenómeno especialmente pronunciado
en metrópolis costeras. Una ciudad salvaje, con mínimos servicios sanitarios o
del todo inexistentes, con falta de control ambiental, y con masiva población,
sería de hecho un vertedero tóxico, que envenenaría las aguas costeras, las
orillas y los sistemas fluviales a través de la tierra por donde transcurre.
Las grandes ciudades con puertos marítimos o aeropuertos ya tratan de frenar las
actividades del mercado negro que varían desde la evasión de tasas, cuotas o
impuestos hasta el tráfico con materias ilegales o prohibidas. Los que comercian
en negro en una ciudad salvaje tienen carta blanca para proveer o recibir este
tipo de materias desde o hacia un cliente global.
Aunque ya nos encontramos ante un problema internacional bastante grave, todavía
nos queda otro peligro potencial aun más grave. El encanto anárquico que una
ciudad salvaje ofrece a grupos criminales y terroristas ya se ha planteado. La
combinación de grandes beneficios que se pueden obtener de actividades
criminales y la facilidad para disponer de todo tipo de armas pudiera permitir
que relativamente pequeños grupos adquieran armas de destrucción masiva. Un
grupo terrorista en una ciudad salvaje con acceso a mercados globales,
especialmente si se pueden despachar vía aérea o marítima, pudiera llegar a
lanzar un ataque del todo irrastreable desde su santuario urbano.