LAS SOCIEDADES LIBERALES ATRAPADAS POR EL TERRORISMO

Robert de Herte (*)

Tenemos hasta la fecha catalogadas más de 110 definiciones diferentes de terrorismo. Ninguna sirve de aglutinadora. Muchas son simples tautologías ("el terrorismo busca provocar el terror"), otras son más descriptivas que explicativas. Todos estamos de acuerdo, por lo menos, en reconocer que el terrorismo asocia objetivos políticos, un recurso ilegal a la violencia y un daño indiscriminado a la población; aunque toda violencia política (empezando por la guerra o guerrilla) no significa terrorismo. El terrorismo busca frecuentemente civiles (en lenguaje mediático "inocentes", uso retórico de la lengua que pretende cargar sobre el terrorismo un simple juicio moral sin llegar a explicarlo), aunque las guerras convencionales no dejan en sí mismas de afectar cada vez a más civiles. Se trata de una empresa ilegal, pero la utilización ilegal de la violencia no es necesariamente terrorismo. Busca desestabilizar los poderes estatales, pero se distingue de la subversión o de la simple propaganda por la acción que emplea. También busca provocar miedo, pero hay muchas cosas susceptibles de causar miedo. Cometen crímenes, pero los criminales raramente buscan desestabilizar a la sociedad, ya que no les saldría rentable.

El término permanece ciertamente confuso, y por tanto susceptible a todo tipo de instrumentalización oportunista o de utilizaciones metafóricas que pueden hacerle perder su significación. La diversidad de lo que colocamos bajo el término "terrorismo" dejan por otra sin interés las vanas discusiones sobre la posibilidad o la imposibilidad de "encontrar una justificación al terrorismo" (viejo debate sobre el "derecho", sobre el castigo colectivo y sobre si "el fin justifica los medios"). La importancia que hoy adquiere el terrorismo no viene tanto por el número de víctimas que provoca (la mayor parte de los conflictos armados causan muchas más víctimas sin provocar las mismas reacciones), sino por el hecho de que su ascenso a escala global marca la entrada en otra época de la guerra y de la enemistad.

El terrorismo global no tienen mucho que ver con el partisano tradicional. Contrariamente al guerrillero, su fin no es el de llegar a tomar el poder ni controlar físicamente un territorio considerado como una base logística o como zona de reclutamiento. Lleva a cabo una lucha asimétrica, donde los ordenadores y los teléfonos móviles cuentan tanto como las armas y las municiones. Atacando tanto a militares como a civiles, dando una importancia máxima al concepto de "resistencia sin líder", es decir, sin estructura verticalista de mando y centralizada. Por otra parte es tan móvil como una multinacional: en la expresión terrorismo internacional, lo que cuenta es "internacional". Esto significa que el frente sobre el que se bate no está jamás localizado: está a la vez por todas partes y en ningún sitio. Su acción no conoce base territorial, líneas geográficas claras. Más que la Tierra, su dominio es el espacio.

Se trata de un fenómeno cuyo impacto es ante todo psicológico. Buscando provocar en todo momento el miedo, la inquietud y la sospecha, golpeando la imaginación, suscitando reacciones emocionales fuertes, el terrorismo global representa con toda evidencia un atentado de orden psicológico, que va más allá de las víctimas que puede causar. Por otra parte, separa las victimas inmediatas y los verdaderos objetivos, el impacto material y el impacto psicológico, siendo el primero un simple medio del segundo. Ya en 1962, Raymond Aron señalaba que:"Una acción violenta es denominada terrorista cuando sus efectos psicológicos son desproporcionados respecto a sus resultados puramente físicos".

En la medida en que la violencia terrorista es una violencia reflexiva, cuyo objetivo real es de mas amplio horizonte que el objetivo inmediato, revela también su mediología: pretende enviar un mensaje, siendo el daño causado el mensaje. Un atentado terrorista provoca siempre menos víctimas que espectadores, de ahí la relación íntima y traumática que se establece entre el terrorista y la opinión. El terrorista depende muy estrechamente de lo que se dice y lo que se muestra: solo su difusión mediática confiere su verdadero impacto al acto terrorista, lo que quiere decir que los medias forman parte intrínseca del terror generado. En este sentido, el terrorismo es hijo de la sociedad de la comunicación y del espectáculo. A la sociedad del espectáculo responde el terrorismo espectacular, el terrorismo como espectáculo. Es por eso que nuestra sociedad es tan vulnerable a su propagación viral de la misma forma que lo es a otros virus.

Se trata de una violencia simbólica, en el sentido profundo del término. Una violencia simbólica asociada a estructuras operacionales que busca desestabilizar los espíritus provocando un exceso de realidad que desestructura la forma cotidiana de lo real. Por su carácter imprevisible, el terrorismo paraliza a una sociedad para la que el ejercicio de la política pasa por la exclusión de la violencia, habiendo olvidado que la guerra no es más que la continuación de la política por otros medios.

Los poderes públicos hablan frecuentemente de "hacer la guerra al terrorismo", pero la guerra busca siempre vencer a una fuerza política. Y por otra parte, no hay guerra sin enemigo reconocido. O, contrariamente a la guerra convencional y a la guerrilla, el terrorismo no tiene estatuto jurídico según la ley internacional. El terrorismo no puede ser objeto de reconocimiento por parte de los Estados. Con el terrorismo, no se puede negociar ni llegar a acuerdos de paz. Al no ser un enemigo reconocido, queda rebajado a nivel infrapolítico, por lo que es excluido de todas las reglas del juego político. No se le considera entonces más que como una empresa criminal, y por tanto bajo represión policial, de forma que o bien se le niega su carácter político, o bien se engendra una nueva forma de criminalización de lo político. De ahí el equívoco de la "guerra al terrorismo", ya que declarar la guerra al terrorismo significa volver a reconocerle el estatuto que de otra forma se le había negado. Y si se lo negamos es un error, puesto que el terrorismo es ante todo un fenómeno político. Ni "absurdo" ni "gratuito", tiene causas políticas y persigue objetivos políticos. Podemos luchar contra el terrorismo con medios policiales, pero no podemos acabar con su origen más que políticamente.

Hasta el momento, la mayor victoria de los terroristas ha sido sin duda la de inducir a las sociedades liberales a desenmascararse como sociedades capaces de recurrir, para luchar contra ellos, a todas las medidas de excepción (vigilancia generalizada de la población, recurso a la tortura, a los internamientos arbitrarios y a prisiones secretas) que su discurso niega oficialmente. Su mayor victoria es la de haber sido erigidos en enemigos absolutos por aquellos a quienes ellos mismos consideran como tales, siendo inducidos a situarse en el mismo plano que ellos. La idea dominante es que, como los terroristas son capaces de todo, todo está permitido contra ellos. Hannah Arendt distinguía entre el "enemigo objetivo" y el "sospechoso". La lucha antiterrorista tiene por efecto acabar cada vez más con esta distinción. Las libertades públicas son de ahora en adelante sus víctimas colaterales. "Golpear a uno para educar a cien", decía Stalin, buen conocedor de la cuestión.

 
 (*) Editorial de la revista Éléments, nº 123.

 

 

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