Tenemos
hasta la fecha catalogadas más de 110 definiciones diferentes de terrorismo.
Ninguna sirve de aglutinadora. Muchas son simples tautologías ("el terrorismo
busca provocar el terror"), otras son más descriptivas que explicativas. Todos
estamos de acuerdo, por lo menos, en reconocer que el terrorismo asocia
objetivos políticos, un recurso ilegal a la violencia y un daño indiscriminado a
la población; aunque toda violencia política (empezando por la guerra o
guerrilla) no significa terrorismo. El terrorismo busca frecuentemente civiles
(en lenguaje mediático "inocentes", uso retórico de la lengua que pretende
cargar sobre el terrorismo un simple juicio moral sin llegar a explicarlo),
aunque las guerras convencionales no dejan en sí mismas de afectar cada vez a
más civiles. Se trata de una empresa ilegal, pero la utilización ilegal de la
violencia no es necesariamente terrorismo. Busca desestabilizar los poderes
estatales, pero se distingue de la subversión o de la simple propaganda por la
acción que emplea. También busca provocar miedo, pero hay muchas cosas
susceptibles de causar miedo. Cometen crímenes, pero los criminales raramente
buscan desestabilizar a la sociedad, ya que no les saldría rentable.
El término permanece ciertamente confuso, y por tanto susceptible a todo tipo de
instrumentalización oportunista o de utilizaciones metafóricas que pueden
hacerle perder su significación. La diversidad de lo que colocamos bajo el
término "terrorismo" dejan por otra sin interés las vanas discusiones sobre la
posibilidad o la imposibilidad de "encontrar una justificación al terrorismo"
(viejo debate sobre el "derecho", sobre el castigo colectivo y sobre si "el fin
justifica los medios"). La importancia que hoy adquiere el terrorismo no viene
tanto por el número de víctimas que provoca (la mayor parte de los conflictos
armados causan muchas más víctimas sin provocar las mismas reacciones), sino por
el hecho de que su ascenso a escala global marca la entrada en otra época de la
guerra y de la enemistad.
El terrorismo global no tienen mucho que ver con el partisano tradicional.
Contrariamente al guerrillero, su fin no es el de llegar a tomar el poder ni
controlar físicamente un territorio considerado como una base logística o como
zona de reclutamiento. Lleva a cabo una lucha asimétrica, donde los ordenadores
y los teléfonos móviles cuentan tanto como las armas y las municiones. Atacando
tanto a militares como a civiles, dando una importancia máxima al concepto de
"resistencia sin líder", es decir, sin estructura verticalista de mando y
centralizada. Por otra parte es tan móvil como una multinacional: en la
expresión terrorismo internacional, lo que cuenta es "internacional". Esto
significa que el frente sobre el que se bate no está jamás localizado: está a la
vez por todas partes y en ningún sitio. Su acción no conoce base territorial,
líneas geográficas claras. Más que la Tierra, su dominio es el espacio.
Se trata de un fenómeno cuyo impacto es ante todo psicológico. Buscando provocar
en todo momento el miedo, la inquietud y la sospecha, golpeando la imaginación,
suscitando reacciones emocionales fuertes, el terrorismo global representa con
toda evidencia un atentado de orden psicológico, que va más allá de las víctimas
que puede causar. Por otra parte, separa las victimas inmediatas y los
verdaderos objetivos, el impacto material y el impacto psicológico, siendo el
primero un simple medio del segundo. Ya en 1962, Raymond Aron señalaba que:"Una
acción violenta es denominada terrorista cuando sus efectos psicológicos son
desproporcionados respecto a sus resultados puramente físicos".

En la medida en que la violencia terrorista es una violencia reflexiva, cuyo
objetivo real es de mas amplio horizonte que el objetivo inmediato, revela
también su mediología: pretende enviar un mensaje, siendo el daño causado el
mensaje. Un atentado terrorista provoca siempre menos víctimas que espectadores,
de ahí la relación íntima y traumática que se establece entre el terrorista y la
opinión. El terrorista depende muy estrechamente de lo que se dice y lo que se
muestra: solo su difusión mediática confiere su verdadero impacto al acto terrorista, lo
que quiere decir que los medias forman parte intrínseca del terror generado. En
este sentido, el terrorismo es hijo de la sociedad de la comunicación y del
espectáculo. A la sociedad del espectáculo responde el terrorismo espectacular,
el terrorismo como espectáculo. Es por eso que nuestra sociedad es tan
vulnerable a su propagación viral de la misma forma que lo es a otros virus.
Se trata de una violencia simbólica, en el sentido profundo del término. Una
violencia simbólica asociada a estructuras operacionales que busca
desestabilizar los espíritus provocando un exceso de realidad que desestructura
la forma cotidiana de lo real. Por su carácter imprevisible, el terrorismo
paraliza a una sociedad para la que el ejercicio de la política pasa por la
exclusión de la violencia, habiendo olvidado que la guerra no es más que la
continuación de la política por otros medios.
Los poderes públicos hablan frecuentemente de "hacer la guerra al terrorismo",
pero la guerra busca siempre vencer a una fuerza política. Y por otra parte, no
hay guerra sin enemigo reconocido. O, contrariamente a la guerra convencional y
a la guerrilla, el terrorismo no tiene estatuto jurídico según la ley
internacional. El terrorismo no puede ser objeto de reconocimiento por parte de
los Estados. Con el terrorismo, no se puede negociar ni llegar a acuerdos de
paz. Al no ser un enemigo reconocido, queda rebajado a nivel infrapolítico, por
lo que es excluido de todas las reglas del juego político. No se le considera
entonces más que como una empresa criminal, y por tanto bajo represión policial,
de forma que o bien se le niega su carácter político, o bien se engendra una
nueva forma de criminalización de lo político. De ahí el equívoco de la "guerra
al terrorismo", ya que declarar la guerra al terrorismo significa volver a
reconocerle el estatuto que de otra forma se le había negado. Y si se lo negamos
es un error, puesto que el terrorismo es ante todo un fenómeno político. Ni
"absurdo" ni "gratuito", tiene causas políticas y persigue objetivos políticos.
Podemos luchar contra el terrorismo con medios policiales, pero no podemos
acabar con su origen más que políticamente.
Hasta el momento, la mayor victoria de los terroristas ha sido sin duda la de
inducir a las sociedades liberales a desenmascararse como sociedades capaces de
recurrir, para luchar contra ellos, a todas las medidas de excepción (vigilancia
generalizada de la población, recurso a la tortura, a los internamientos
arbitrarios y a prisiones secretas) que su discurso niega oficialmente. Su mayor
victoria es la de haber sido erigidos en enemigos absolutos por aquellos a
quienes ellos mismos consideran como tales, siendo inducidos a situarse en el
mismo plano que ellos. La idea dominante es que, como los terroristas son
capaces de todo, todo está permitido contra ellos. Hannah Arendt distinguía
entre el "enemigo objetivo" y el "sospechoso". La lucha antiterrorista tiene por
efecto acabar cada vez más con esta distinción. Las libertades públicas son de
ahora en adelante sus víctimas colaterales. "Golpear a uno para educar a cien",
decía Stalin, buen conocedor de la cuestión. |