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Se están utilizando armas económicas de destrucción masiva contra nuestro pueblo
en su versión "liberal" que hacen de la codicia la virtud económica principal.
Estamos destruyendo nuestro país, me refiero al país en sí mismo, como trozo de
tierra. Se que puede parecer terrible, pero no hay razón para la desesperación a
no ser que decidamos continuar con la destrucción. Si decidimos continuar con la
destrucción, no será porque no tenemos otra opción. La destrucción no es
necesaria. No es inevitable, salvo que por nuestra actitud sumisa así lo
hagamos.
Los americanos no tienen fama de ser un pueblo sumiso, pero sin embargo lo es.
¿Por qué sino permitiríamos que nuestro país fuera destruido?. ¿Por qué
estaríamos premiando a sus destructores?. ¿Por qué estaríamos sino, mediante
poderes que damos a las avariciosas corporaciones multinacionales y políticos
corruptos, participando en su destrucción?. La mayor parte de nosotros todavía
estamos lo bastante cuerdos como para no mear en nuestra propia cisterna, pero
permitimos a otros hacerlo y les recompensamos por ello. Les recompensamos de
hecho tan bien, que aquellos que mean en nuestra cisterna poseen además las
mayores riquezas.
¿Cómo nos sometemos? No siendo suficientemente radicales. O no siendo lo
suficientemente concienzudos, que viene a ser lo mismo.
Desde los principios de los esfuerzos conservacionistas en nuestro país, los
conservacionistas han creído con demasiada frecuencia que se podía proteger la
tierra sin proteger a las personas. Esto está empezando a cambiar, pero aun
tendremos que convivir por un tiempo con la vieja suposición de que podemos
preservar el mundo natural protegiendo las zonas salvajes mientras descuidamos o
destruimos el paisaje sometido a producción económica (las granjas, ranchos y
bosques productivos) y la gente que lo utiliza. Esta presunción es comprensible
en vista de las crecientes amenazas que sufren los espacios naturales, pero es
equivocada. Si los conservacionistas esperan poder salvar los espacios naturales
y las criaturas salvajes, tendrán que mirar hacia los aspectos económicos, es
decir hacia cuestiones relacionadas con la salubridad de los paisajes y de los
pueblos y ciudades donde se desarrolla nuestro trabajo, y la calidad de ese
trabajo, y del bienestar de la gente que realiza ese trabajo.
Nuestros gobiernos parecen estar haciendo exactamente lo contrario, creen que el
pueblo está protegido sin necesidad de proteger la tierra. Aquí no estoy
hablando de partidos o de doctrinas partidistas, sino de las corrientes
políticas dominantes. Tarde o temprano, los gobiernos tendrán que reconocer que
si la tierra no prospera, nada puede prosperar por
mucho tiempo. No podemos tener industria, comercio, salud o seguridad si no
defendemos la salud de la tierra, de su gente y
del trabajo de la gente.
Es un hecho incuestionable que la tierra, aquí y en cualquier parte, está
sufriendo. Tenemos zonas altamente contaminadas en el Golfo de México y con agua
imposible de beber debido a las prácticas tóxicas de nuestra agricultura.
Sabemos que estamos descuidando y agotando nuestros bosques. Sabemos que la
erosión del suelo, la contaminación del aire y del agua, la expansión
urbanística, la proliferación de autopistas y basura está haciendo nuestras
vidas menos agradables, menos salubres, menos sostenibles y nuestros hábitats
mas feos.
Hace casi cuarenta años en el estado de Kentucky, como en otros estados
productores de carbón, se empezó a hacer un esfuerzo regulador de las minas a
cielo abierto. Mientras que ese esfuerzo continua, y se han impuesto ciertos
requisitos, la práctica de estas minas a cielo abierto se ha convertido en algo
considerablemente más destructor de la tierra y del futuro de la Tierra. Ahora
permitimos la destrucción de montañas y valles enteros. Ni tan siquiera las
guerras hicieron en el pasado un daño tan extensivo o permanente en el paisaje.
Si sabemos que el carbón es un recurso agotable, mientras que el bosque que se
situa encima de la mina de carbón es una fuente de riqueza inagotable con un uso
eficiente, y que las minas a cielo abierto destruyen los bosques que se
encontraban sobre ella prácticamente para siempre, ¿por qué permitimos esta
destrucción?. Si respetamos debidamente la fragilidad de esta cosa tan delicada
llamada manto vegetal, tan largo en su proceso de creación, tan milagrosamente
hecho, tan indispensable para la vida, ¿cómo estamos permitiendo su destrucción?.
Si creemos, como tantos otros, que la Tierra es un bien del Supremo Creador
llena de su gloria, ¿cómo podemos hacerla daño?.
En Kentucky, y por desgracia en otros estados, y de nuevo a costa de un gran
daño público, hemos permitido, de hecho lo hemos fomentado, el enjaulamiento de
animales para la industria animal, que explota y abusa de todo lo que está
relacionado con ello: la tierra, los trabajadores, los animales y los
consumidores. Si tanto amamos a nuestro país, y muchos de nosotros así lo
expresamos, ¿cómo podemos profanarlo de esta manera?.
Pero el daño económico no se limita solo a nuestras granjas y bosques. Por el
bien de la "creación de empleo" en Kentucky, y en otros estados con atraso
económico, hemos subvencionado con dinero público a empresas multinacionales
para que vengan y se quedan solo mientras puedan explotar a la gente de aquí de
forma más barata que en otros lugares. El propósito absoluto de nuestra economía
es la explotación, no proteger o conservar.
Mirad atentamente, si dudáis, a los centros de las grandes ciudades en casi
cualquier parte de nuestro país. Encontrareis que están económicamente muertos o
en descomposición. Buenos edificios que acogieron pequeños comercios de todo
tipo tan necesarios, tan útiles y de propiedad local se han convertido en
tiendas de todo a cien o anticuarios. Mirad ahora las casas, las iglesias, los
edificios comerciales, los juzgados, y veréis que muy a menudo son atractivos y
bien hechos. Y ahora echad un vistazo a los suburbios residenciales: megacentros
comerciales, cadenas de restaurantes fast-food, estaciones de servicio
convertidas en supermercados, moteles. Intentad buscar algo atractivo o bien
hecho en todo eso.
¿Cual es la diferencia?. La diferencia es que los antiguos centros de las
ciudades fueron construidos por gentes que estaban orgullosas de su lugar y que
otorgaban un valor especial al hecho de vivir allí. Los viejos edificios nos
aparecen hermosos porque fueron construidos por gentes que se respetaban y
buscaban el respeto de sus vecinos. Los suburbios residenciales, por el
contrario, fueron construidos por gentes que nunca manifiestan ningún orgullo
por el lugar, no otorgan valor a las vidas allí vividas y no simpatizan
especialmente con sus vecinos. El único valor que ven al lugar donde viven es el
dinero que podrán obtener por su venta para trasladarse a otro lugar de mayor
prestigio, es decir, hacia los suburbios residenciales más acomodados de las
grandes ciudades.
¿Podemos decir que estamos gastando, contaminando y afeando esta bella nación
por la causa del patriotismo y el amor a Dios?. Quizás a algunos les gustaría
pensar así, pero de hecho esta destrucción se lleva a cabo porque nos creemos, y
vivimos, un par de mentiras económicas: que nada tiene valor fuera de la
asignación hecha por el mercado; y que se puede dejar el control de la vida
económica de nuestras comunidades a las grandes multinacionales.
Nosotros los ciudadanos tenemos una gran responsabilidad por nuestra candidez y
capacidad destructora, no hay que minimizar esto. Pero tampoco quiero minimizar
la gran responsabilidad que tiene el gobierno.
Todos entendemos que los gobiernos se constituyen para asegurarnos una
protección que los ciudadanos individualmente no pueden darse a sí mismos. Pero
los gobiernos tienden a asumir que esta responsabilidad se puede cumplir con las
fuerzas policiales y miliares. Utilizan sus poderes regulatorios a regañadientes
y de forma muy pobre. Nuestros gobiernos solo en contadas ocasiones han
reconocido la necesidad de proteger la tierra y las gentes contra la violencia
económica. Es cierto que la violencia económica no es tan explícita, y raramente
tan sangrienta, como la violencia de la guerra, pero puede llegar a ser
devastadora cuando menos. Actos de agresión económica pueden llegar a destruir
la tierra o las comunidades o el centro de una ciudad o pueblo, como de hecho
hacen a menudo.
Este daño se justifica por las compañías multinacionales y sus cómplices
políticos en nombre del "libre mercado" y de la "libre empresa", pero se trata
de una libertad que hace de la avaricia la virtud económica dominante,
destruyendo la libertad de otras personas junto con el hábitat de las
comunidades y su entorno. Existen pues las armas de destrucción masiva a nivel
económico. Hemos permitido que se utilicen contra nosotros, no solamente por
medio de la sumisión de los poderes públicos y prevaricación, pero también a
través de subsidios, incentivos y consentimientos de dudosa justificación.
No hemos sido capaces de reconocer el peligro ni de actuar en nuestra propia
defensa. Como resultado, lo que antaño era un rico y variado paisaje se ha
colonizado por compañías mineras, madereras y agrícolas productoras de mucha
riqueza, energía y materias primas a un coste inmenso para nuestras tierras y
nuestro pueblo. Por esto mismo nuestros pueblos y ciudades se han carcomido con
las grandes superficies, que han tenido patente de corso para destruir los
pequeños negocios locales por medio de los descuentos en volumen.
Puesto que como individuos o como comunidades no nos podemos proteger contra
tales agresiones, necesitamos que el gobierno regional o nacional nos proteja.
De igual manera que los pobres tienen derecho a la misma justicia que los ricos,
de igual forma los pequeños agricultores, ganaderos y comerciantes merecen la
misma justicia económica, la misma igualdad de mercado que las grandes compañías
agrícolas y grandes almacenes. No deberían ser llevados a la ruina solo porque
sus ricos competidores pueden permitirse (durante un tiempo) vender por debajo
del coste.
Además, al permitir que las pequeñas empresas se arruinen por culpa de unas
ventajas falseadas, ya sea a nivel local o en la economía global, significa al
fin y al cabo destruir la capacidad productiva local, regional o nacional de
alimentos y textiles. No es posible comprender, ya no digamos justificar, la
permisividad de un gobierno para permitir que los recursos de bienes tan
necesarios sean destruidos en nombre de la "libertad" de la anarquía
corporativa. Es imposible comprender también como un gobierno puede permitir, e
incluso subsidiar, la destrucción de la tierra y de la productividad de la
tierra. De alguna manera hemos perdido o nos hemos desecho de nuestro sentido de
interdependencia de la Tierra y de la capacidad humana para hacerlo de la mejor
manera posible. La obligación del gobierno de proteger estos recursos
económicos, tanto humanos como naturales, es del mismo tipo que la obligación de
protegernos del hambre o de los enemigos exteriores. Es decir, que no hay
diferencia alguna entre la amenaza doméstica sobre nuestros recursos vitales y
la amenaza exterior.
Parece que hemos caído en el mal hábito de transigir en materias con las que no
deberíamos haber transigido nunca. Creo que para la mayoría de nosotros,
incluida la clase política, cree que es malo destruir la tierra. Pero tenemos
poderosos oponentes políticos que insisten en que la economía que destruye la
Tierra se justifica por la libertad y el dinero. Por tanto llegamos al
compromiso de permitir la destrucción de solo partes de la Tierra, o lo que es
lo mismo, que la Tierra se destruya poco a poco, como aquel famoso cerdo de tres
patas tan querido por todos que lo sacrificaban por partes en vez de
entero.
La lógica de esta clase de acuerdos es clara, y también trágica. Si continuamos
con nuestra tolerancia a la destrucción progresiva de la Tierra por razones
económicas, entonces acabaremos por destruirla entera.
Tan larga queja merece una esperanza, y quisiera terminar con palabras de
esperanza. Para ello solo necesito repetir lo que ya dije al principio: "Nuestra
capacidad destructora no ha sido ni es inevitable". Los que plantean este tipo
de excusas son moralmente incompetentes, cobardes y vagos. Los humanos no
tenemos que vivir destruyendo nuestras fuentes de vida. La gente puede cambiar,
puede aprender a hacerlo mejor. Todos nosotros, independientemente de
tendencias, podemos progresar hacia más
amor por nuestra tierra, por encima de la avaricia y el desprecio que ejercer
los que explotan la tierra. Esto significa afrontar problemas prácticos, por lo
que os ofrezco una lista de sugerencias.
Tenemos que aprender mejor a respetarnos a nosotros mismos y nuestros lugares.
Tenemos que dejar de pensar que la América rural es una colonia. La mayor parte
de la historia económica de nuestra tierra ha consistido en exportar petróleo,
alimentos y materias primas dañando con ello el medio ambiente y producido a
bajo coste. Debemos reafirmar el valor económico del buen gobierno y el buen
trabajo. Para ello necesitaremos administrar mejor de lo que lo hemos hecho
hasta ahora.
Tenemos que reconsiderar la idea de que nuestros problemas económicos se
solucionan a base de "traer industria". Todos los estados desarrollan planes
para incentivar a las grandes corporaciones a que se instalen en su territorio
utilizando incentivos fiscales y otros despilfarros de dinero público. Este tipo
de prácticas deberían estar prohibidas hasta que estemos seguros de que todos
los estados de la unión han hecho el mayor esfuerzo posible por crear su propia
riqueza. Necesitamos construir las economías locales desde nuestras comunidades y
regiones añadiendo valor a nuestros productos locales y comercializándolos
localmente antes de buscar salida fuera.
Tenemos que enfrentarnos sin miedo a los rendimientos de escala. Lo grande tiene
su hechizo que lo convierte en seductivo, especialmente para los políticos y
financieros; sin embargo lo grande también fomenta la envidia, la indiferencia y
el daño colateral, siendo muchas veces innecesario. Quizás sea necesaria una
gran compañía para manejar aviones o construir coches, pero no se necesita una
gran compañía para criar pollos o cerdos. Tampoco se necesita una multinacional
para procesar la comida localmente o la madera del lugar y comercializarla
regionalmente.
Finalmente, debemos dar la mayor prioridad al cuidado de nuestra tierra, sin
descuidar ni una sola parcela. No debemos ceder ni un ápice en la destrucción de
nuestra tierra o de cualquier cosa que no podamos recuperar. Hemos sido
demasiado tolerantes con los políticos que, confiados en la defensa de la
nación, se convierten en agentes de la destrucción de la nación,
llevándola a su ruina.
Por eso quiero terminar citando a mi amigo Kentuckiano, un gran patriota e
indomable enemigo de las minas a cielo abierto, Joe Begley de Blackey: "¡BASTA
YA DE CESIONES!" |