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Esta historia es
ficticia. Toda coincidencia con la realidad es pura casualidad. Su historia comienza en un céntrico barrio de la ciudad de Rangún, en Birmania. Cuando tenía tres meses se interesó por las matemáticas y ya sabía los números del 1 al 100, ambos inclusive. Su madre dijo: "Este rapás é unha eminensia". No sólo calculaba con los dedos de la mano, también con los de los pies, y esto le convirtió en un niño prodigio en su país. No contentos con la evolución de su hijo, sus padres lo llevaron a España para aprovechar el talento científico que contenía su cerebro, y así fue, se metió a profesor y lo desaprovechó al máximo. Con lo bien que estaría ahora haciendo las cuentas del PSOE, o fregando el suelo de la facultad de Matemáticas de Deusto. Pero no, él tenía más orgullo, y su sueño siempre fue ser profesor de Geografía. Mandó currículums a todos los institutos de Galicia, con tan mala suerte de que le cogieron en el IES Nº1 de Ribeira, por aquel entonces regentado por Manue-Lito (un bo rapás). No tuvo más remedio que aceptar el puesto en la biblioteca del centro, el que borraba las mesas, pero gracias a un alumno llamado Marcos, ese trabajo se acabó. Un día se coló en esa clase de 3º de ESO, allá por el 2000, y dijo que sería nuestro profesor de matemáticas el resto del curso. Marcos enfadó al pobre Makoki y el castigo fue claro: limpiar las mesas de la biblioteca. Los castigos de antaño eran físicos, siempre mandaban limpiar, y Makoki consiguió el puesto de profesor de matemáticas. Su cometido sería enseñar a contar con los dedos de los pies, pero la falta de higiene del centro se lo impidió, no vaya a ser que cojamos algo chunguillo. Makoki fue creciendo, con la idea de castigar a Marcos todos los días, para no tener que volver él a la biblioteca, y a medida que pasaban los años, fue cogiendo sitio en el instituto quitándoselo a Marcos. Se empezaba a llevar bien con sus compañeros, con el conserje (qué colgao), e incluso con el director (antes Lito, ahora Cartea), y analizando el estado de ánimo de los alumnos en cuanto llegaba a clase, descubrió que era un profesor que caía bien a los alumnos por su carácter, sus frases gloriosas, su tolerancia con el alumnado, e incluso por las reprimendas dispensadas a ciertos alumnos, incluso a todos, cuando se hartaba y decidía tirarse por la ventana. Pero ahí no acabó la cosa. Makoki era agradable incluso consigo mismo, porque entendía que su cambio de carácter afectaba a sus propias endorfinas que le producían una estabilidad emocional que rebosaba incluso en el ámbito sexual. Por fin, después de tantos años, pudo masturbarse por primera vez. La novedosa sensación de placer produjo una serie de ideas que se iluminaron en su cerebro, pero sólo se quedó con una: publicar un libro de matemáticas. Por fin iba a enseñar al mundo a contar con los dedos de los pies. Según sus propias declaraciones, el libro lo hizo exclusivamente para sentirse bien consigo mismo y por eso no pretendía cobrar a ningún intermediario por él (sic), claro que tampoco pretendían pagarle. Estas declaraciones acabó tragándoselas, porque empezó a cobrar 50 céntimos de Euro por cada ejemplar vendido. Después de un año de éxito literario, Makoki consiguió la asombrosa cifra de 30 ejemplares vendidos, exactamente los alumnos de una clase obligada a comprarlo. ¡Por fin había ganado su primer sueldo dando clase sin moverse de casa! Esos 15 €uros conseguidos sirvieron para comprarse su primer paquete de folios y una grapadora. Luego se dio cuenta de que siendo profesor necesitaría una calculadora, pero el dinero ya estaba gastado. Un día cualquiera, 25 de abril de 2003, Makoki decidió salir en busca de novia. Llegó a un bar llamado Golden Gay, un bar de ambiente, pero allí sólo había hombres, así que lo intentó con la camarera. Le propuso la técnica que siempre funciona: una partida a la consola. La camarera lo mandó a freír espárragos y él obedeció encantado, aunque mientras ejercía de cocinero en el pub pensó: pues esa técnica no funciona. Siguió friendo espárragos, pero no creyó que fuese muy útil. La camarera era lesbiana y los espárragos fritos eran para juegos eróticos homosexuales e incluso para sutiles insinuaciones mientras se ingerían. Salió de allí hasta los huevos de espárragos (como veis, su vida gira en torno a la comida) y decidió buscar a alguna chica que conociera en el pasado. Miró su agenda y comprobó que sólo tenía el número del instituto. No tuvo que más remedio que mirar los anuncios por palabras. Allí encontró una sugerente entrada: Chica guapa busca chico con buen espárrago. "¡Esta es mía!" dijo Makoki. La experienca adquirida en el Golden Gay le daba la oportunidad de su vida para conocer a una chica que parecía que era cocinera. Llamó por teléfono, y cuando llegó a su casa descubrió que la única vinculación que tenía con la cocina es que le gustaban los huevos y la leche y tenía unos buenos melones. Tal vez quisiera hacerse unos flanes. Lo que no entendía Makoki era porqué coger sus genitales para hacer una comida. Al final, Makoki se arruinó. Gastó los royalties ganados por la venta de su libro en la chica cocinera. Muy decepcionado pensó que aquello no era para él, ya que ligar consistía en cocinar y pagar, y él no sabía hacer ninguna de las dos cosas. Buscó consuelo en su amigo, así que fue directo al instituto y entró en la biblioteca, cogió su libro y lo leyó y releyó, hasta que se quedó dormido. Gracias a su amigo literario pudo conciliar el sueño. Ahora, Makoki sigue ejerciendo de profesor de matemáticas, sigue siendo buen amigo de sus alumnos y buen matemático, sigue contando con los dedos de los pies y se deja querer por sus semejantes, por eso todos lo queremos. |
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